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LA MELANCÓLICA MUERTE DE CARLOS BERLANGA

Por Dildo de Congost

"Septiembre.
A veces entra algún rayo de sol
ya nada importa en mi situación.
Estoy contento, aunque soy un perdedor".

Carlos Berlanga, "Septiembre".

Jueves 6 de junio de 2002. Carlos Berlanga deja este valle de lágrimas en el Hospital de Montepríncipe, tras una larga enfermedad del hígado.

Cuando muere alguien que escuchas desde que tienes uso de razón, alguien que veías en televisión y te seducía y te fascinaba casi sin querer por su altura, su clase, su cultura, su timidez, su porte y su encanto, alguien cuya voz suena tan a menudo en tu equipo de música como la de tu madre en el teléfono, alguien que te ha dicho y te ha hecho sentir más que muchos de tus amigos y vecinos y cuya música se ha convertido en parte de la banda sonora de tu existencia... las estrellas se apagan y los planetas se detienen. Suenan trompetas sintéticas como en un juicio final de cartón piedra.

Ahora han pasado 24 horas desde que recibí la noticia y es el momento de escribir algo sobre uno de los caballeros más extraordinarios que ha dado el pop español. Y es que una persona capaz de ser, a la vez, fan de Van morrison y de Rick Astley, de Bergman y de Falcon Crest, de la Marvel y de Picasso, no podía ser normal... A su manera, él también fue un freak.


"Noviembre.
Las cosas cada vez van a peor
nadie ha venido a visitarme hoy
no hay miramiento para el autodestructor".

Carlos Berlanga, "Septiembre".

Como Michael Jackson y otros artistas grandiosos y perezosos, Carlos Berlanga me había acostumbrado a esperar (im)pacientemente los discos que sacaba con cuentagotas, cada tres o cuatro años, pero que nunca resultaban decepcionantes (¿cómo puede decepcionarte una voz que te emociona y una personalidad que adoras y unas letras que, desde su aparente superficialidad, te llegan y te llenan tan profundamente?) y siempre sorprendentes, con sus cambios de sonido, de producción, de sello discográfico y de músicos, pero siempre con la misma esencia puramente berlanguiana.

También estaba acostumbrado (malacostumbrado, si queréis) a tener encuentros casuales con él, en conciertos de Pet Shop Boys o de Astrud, o en Morocco o en la Filmoteca o en Madrid Rock, o en entrevistas o por Alcalá o por la Gran Vía. O a leer sus ocasionales entrevistas, en las que brillaba su ironía y ese "nada importa nada" con el que trataba de banalizar la, a todas luces mayúscula, obra que acababa de parir... y la importancia de llamarse Carlos Berlanga. El prefería parecer frívolo antes que pretencioso, pero en sus palabras y en sus silencios latía más inteligencia y más clase, más sarcasmo y más emoción que en las de cualquier otro artista español. (“Me encantan Nuria Bermúdez y Loli Álvarez. Sus frases deberían pasar a la historia”, dijo ante un atónito Mario Vaquerizo en una de sus últimas interviús).


También me había acostumbrado a ver sus fotos, en las que Carlos aparecía con más o menos canas, más o menos ojeras, pero sin dar en ningún momento muestras de la decadencia letal en la que se hallaba inmerso debido a sus malsanas costumbres, manteniendo una clase y un savoir faire que nadie (repito, nadie) ha logrado superar en el universo pop español. Ibon Errazkin lo comparó con Edwyn Collins (www.edwyncollins.com), Alaska con Neil Tennant (www.petshopboys.co.uk). Yo creo que, por encima de ambos, Carlos era cada vez más él mismo, cada vez más Carlos Berlanga y ni su existencia ni su obra soportaban comparación alguna con nada ni con nadie.



La multitud recuerda a Berlanga por su etapa en Pegamoides (en la que escribió la que tal vez, objetivamente, sea su mejor canción: "El hospital", un tema visionario de principios de los 80 si tenemos en cuenta su letra que trataba de un chico que se consumía en un hospital y la lenta muerte de Carlos en Montepríncipe, entre tubos de goteo, aunque no sé si con fuerzas para ver televisión) y en Dinarama (donde, fundido en divino trío con Nacho Canut y Alaska, alcanzó su cumbre artística y comercial: "Deseo carnal", que incluyó temas tan populares como “Ni tu ni nadie”, “Cómo pudiste hacerme esto a mí” y otros tan íntimos, siniestros y delicados como “Carne, huesos y tú”).

Otros recuerdan su faceta de artista plástico: los cantos rodados pintados por él mismo que el Berlanga adolescente vendía en el puesto que tenía en el Rastro junto a Nacho Canut, sus cuadros de pop art (tan chic como el funky de "Bailando", "Un hombre de verdad" o "C'est la France"), su efímero fanzine "Terry", dedicado al cómic clásico, que confeccionó junto al hijo de Vizcaíno Casas, sus tiras de prensa para el ABC, sus estilizadas ilustraciones para la primera etapa de la revista "Vanidad", para un par de carátulas de Almodóvar, para algunos de sus discos o para regalar a los amigos.


Yo, sin embargo, me quedo con sus discos en solitario. Ellos fueron los que lo convirtieron, casi sin querer y sin que casi nadie se enterase, en uno de los artistas más importantes e influyentes de la década de los 90.

"Diciembre.
Recuerdo el tiempo en que yo era el mejor
las cosas han cambiado ya lo ves
sólo me mira tu retrato en la pared".

Carlos Berlanga, "Septiembre".

El decadente e irregularmente bello "El ángel exterminador" (Hispavox, 1990), único disco de Berlanga en el que él mismo le pone textos a sus deliciosas melodías, reinventándose a sí mismo como heterodoxo cantautor pop. En este álbum de buñuelesco título se esconden joyas de la talla de la fantasía onírica de "Sueños", el felino lamento solitario de "Noches entre rejas", el autoanálisis sencillo pero implacable del sumiso de "Rendido a tus pies" o la maravillosa "Septiembre", en la que habla de su proceso autodestructivo con una sinceridad, una lucidez y una gélida autocompasión que lo ponen más allá del bien y del mal.

Como Will More en "Arrebato", parece que la obra de Carlos iba llevándose su esencia vital, robándole el alma y transformándola en canciones de hermosura incomparable. Sin embargo, Carlos, más grande que la vida y que la muerte, nunca se mostró enfermizo, siempre mantuvo la compostura, el tipo y el aura.

Sus últimas fotografías, para la revista "aB", nos mostraban a un neodandy impecablemente vestido, chico ostra sobrio en su frágil caparazón, tímido pero altivo. El cansancio y la costumbre no conocían ni una esquina de un talento tan bien guardado como desperdiciado en noches marrones. Ni rastro del delicado estado de salud que apuntaban los malditos rumores. ("Los rumores que tú sueltas aunque sean de verdad, se convierten en un monstruo, ya lo dijo la Carrá", cantó Carlos en uno de sus temas). Su obra maestra en los 90 fue "Indicios" (Compadres, 1994; aunque también son sobresalientes las maquetas que grabó antes de salir el disco, algunos de cuyos preciosos temas, como "Santa Rita", "Rafa la Gallega" o "Nada que decir", permanecen inéditos), un inmortal festín de pop melodramático y efervescente, lleno de melodías arrebatadoras, frases lapidarias y estribillos para siempre.

Cualquiera de las frases pronunciadas en este disco cuajado de reproches auditivos y melodramas sónicos (muchas de ellas escritas junto a Paloma Olivié) podrían ponerse en la tumba de Berlanga. ("Con tu look tan inglés, como que pasas mucho y yo mientras lucho con la idea de ser lo peor". "Yo que sólo fui para ti paracetamol". "Hablabas de vida y de muerte, qué suerte tenerte". "No está tan sola: American Express". “Si no es por ti sería un resto, si no es por mi pondrías copas o algo peor”. “Somos como un par de hachas como cucarachas en el fondo de tazas de té o de café”. “Ser prudente de más, es tan malo como no serlo y tú te pasas mucho por el lado de la discreción”.)



Despechos y ráfagas de orgullo sexual disparadas con la misma energía y genialidad que en la mejor época de Dinarama, pero cantadas todas con su maravillosa voz (sin la molesta y vampírica presencia de Alaska).

La diferencia es que Carlos tiene menos éxito y vende menos discos. Los tiempos han cambiado y Berlanga no tiene ambición, sólo busca paz y armonía. Además, se encuentra cómodo grabando de Pascuas a Ramos, para pequeños sellos que no le exigen cosas que su timidez y su estilo de vida diletante, malsano y contemplativo le impiden. Cosas tan incómodas y desagradables como actuar en directo o hacer televisiones.

"Vía satélite alrededor de Carlos Berlanga" (Edel, 1997), grabado con ayuda de sus antiguos compañeros (Alaska en los coros y Nacho Canut echando un cable con las letras) y de algunos de sus hijos espirituales (las chicas de Le Mans en la mitad de los coros, Madelman, Pez o Vanguard en las remezclas del CD single o Javier Aramburu en el diseño gráfico) fue el disco modelno y techno de Berlanga, pero pese a que los ortopédicos arreglos, programaciones y producciones techno de Big Toxic y Fangoria lastran todo el disco, la esencia, la voz y los estribillos berlanguianos seguían ahí. "Políticamente incorrecto" (con la inmortal rima: “Aquí en casa yo encerrado, como solo pollo asado mientras te veo saliendo por televisión”), "Cuándo, para qué, cómo y por qué" (“Si te muerdes esa lengua morirías ya, del veneno acumulado, tóxico fatal”), "Safari emocional" (“Viudas negras, sanguijuelas y algún otro insecto más, que me chuparán la sangre hasta el final, qué sabe nadie cuando estás en un safari emocional”)...

 

 

Otra obra maestra, que no tendría continuación hasta el nuevo milenio. "Impermeable" (Elefant, 2001), producido y concebido junto a uno de los herederos más iluminados de Berlanga (el genial Ibon Errazkin, creador de algunos de los sonidos más bellos de los 90 junto a su grupo, Le Mans, que hoy graba discos instrumentales en solitario y produce como los ángeles), es la guinda definitiva, el último disco más deseable que podía haber grabado nadie.

Unos textos muy inspirados (de nuevo, escritos en una mesa camilla repleta de tebeos, libros y revistas, junto a su ya inseparable Nacho Canut), una voz gloriosa, más emocionante que nunca... y una pequeña muchedumbre de discípulos arropando a su maestro: Antonio Galvañ "Parade", Mikel Aguirre de La Buena Vida, otra vez Javier Aramburu y Alaska... La modernísima elegancia de "Impermeable", su delicado aire de decadencia e ingenuo abandono, fue lo último que grabó Carlos. Un disco algo triste y desesperanzador, lleno de hallazgos melódicos y unos textos que vuelven a explorar las esquinas de un cerebro marcado por la indecisión, la duda, la soledad, los excesos o la melancolía (por mucho que Carlos dijera en las entrevistas que sus letras no eran autobiográficas, es obvio que su enfermedad y sus vicios minaban su estado anímico), pero también por el petardeo, el consumismo, las desviaciones sexuales o la dolce vita.

En este disco hay canciones que reflejan el lado más frívolo de Berlanga, como "Vacaciones", que habla de perversiones en sus hipercomerciales y sin embargo poco vendedores estribillos: "Amor de latex, caucho y goma, vacaciones en Sodoma, ¿Qué prefieres mantequilla o Tulipán? Amor de risa, amor de broma, sexo muerto, sexo en coma, gaseosa, soda, popper o champán". Y otras que hablan de cosas tan comunes en este nuevo siglo como la insatisfacción y la frustración amorosa o sexual.

Por ejemplo, "Estados": "Desgraciada moraleja, yo me acerco y tú te alejas, con reproches diferentes, ¡qué sinrazón! Infinita paradoja, que me caiga y no me cojas y que siempre me contestes ni si ni no": ¿quién no ha estado nunca en este “estado”?. O "Estrellas y planetas": "Quiero tenerte y no puede ser. Quiero comprarte y no estás a la venta ni en alquiler". Mi momento favorito del disco es, además de “Impermeabilizado”, los estribillos de “Manga por hombro”, con ese aire sombrío y algo profético: “¿Quién se acordará de él? ¿Quién mandará a remendar los trajes que aquella polilla se comió? Trajes de seda, de alpaca o tervylón. / ¿Quién se ocupará de él? ¿Quién limpiara todo rincón, flamingos, piscinas en forma de riñón? Manga por hombro lo tiene todo en Red Rock Point”.

 

 

Tal vez “Impermeable” le robó la poca energía que le quedaba a Berlanga y su enormidad le costara la vida. En eso, Carlos coincide con su madre espiritual, Carmen Santonja, que también falleció poco después de grabar el último disco de Vainica Doble, "En familia". Frente a esa madre del alma, estaba la madre real, doña María Jesús Manrique, una señorona que, a diferencia de su padre (el gran director de cine Luis García Berlanga), siempre mantuvo una actitud radicalmente despectiva hacia los arrebatos artísticos y la disipada vida de su hijo, cosa que, muy posiblemente, influyó en que nacieran en Carlos los sentimientos de inseguridad, los complejos de inferioridad y la falta de motivación que lo persiguieron toda su vida. La madre de Berlanga llamaba a Alaska “la sirena varada” (aunque los tíos del Zurdo le llamaban “la albóndiga”, que es peor, jajaja) y, según me contó un buen amigo de Berlanga, detestaba la afición de su hijo a los tebeos hasta tal punto que llegó a decirle en tono despectivo: “si te gustan tanto los tebeos, te voy a poner un kiosco”. Pero, en fin, la familia es la familia y, para bien y para mal, esa señorona fue, en un 50% por ciento, autora de los días de nuestro ídolo con pies de barro.

"Nada que ganar
ni nada que perder
nada para dar
ni nada que ofrecer
y va a llegar..."

Carlos Berlanga, "Septiembre".

Carlos deja, además, un buen montón de huérfanos. Su influencia en el (otro) pop español de los 90 es incalculable. Es más, me atrevo afirmar que, sin él, no hubieran exixtido ni Family, ni Le Mans, ni los Fangoria de "Una temporada en el infierno" ni el McNamara de "Rock Station", ni El Joven Bryan, ni la Buena Vida, ni Spicnic, ni La Casa Azul ni Chucho, ni Astrud ni Stardu ni, por supuesto, los Austrohúngaros, sobre todo Chico y Chica, ni el Sr. Chinarro ni Gasca, ni Ana D, ni Ellos ni los Otros, ni Los Planetas, ni Dar Ful Ful... Eso por no hablar de otros artistas, tal vez más populares, como Sara Montiel, Raffaella Carrá (para ambas compuso temas), Amistades Peligrosas, Mecano, Olé Olé y un largo etcétera...

Berlanga, que a su vez era fan de Iván y su “Fotonovela” y de Pimpinela, dijo en una ocasión que disfrutaba con “las biografías de personas que no tienen interés alguno. Mi favorito es Pitito Gamiro, un hombre que tiene un zoo en su mansión, es vidente, se viste total y, en su libro, mostraba sus fotos con famosos como Liz Taylor. Salía detrás de ellos y decía que eran íntimos. O la del padre de Julio Iglesias con ese título tan genial: Mi suerte dijo sí. Yo voy al Rastro y los busco, aunque hay muy pocos”.

Pese a su autismo hedonista, Berlanga tenía amigos ilustres a lo largo y ancho del mundo. Aunque es preferible olvidar cosas como el abrazo de Bosé y Almodóvar (dos amigos de Carlos que deberían llorar más por sus propias muertes en vida, bastante más dramáticas que la dulce eternidad alcanzada por Carlos), de los trepas mil y los buitres de las discográficas revoloteando como buitres por el velatorio hablando de sacar discos recopilatorios cuando el cadáver todavía no se había enfriado (en una escena ciertamente digna de Azcona y Berlanga Padre), del tratamiento que le han dado los medios al suceso (realmente insultante la utilización constante de la palabra "Movida", si tenemos en cuenta que la Movida cabe en Berlanga, pero Berlanga no cabe en la Movida, la trasciende por completo y se reía de ella: “¿Qué movida? ¿Moverse? De la movida no ha quedado nada. Bueno, el hijo de Eva Liberto, o la hija.



Siempre se echa de menos el pasado un poco, pero yo estoy muy tranquilo, gracias a que “A quién le importa” se ha convertido en un himno gay cobro derechos de autor y vivo de eso”, declaró al fanzine "Mondo Brutto" en una estrevista que le hicimos para el número 11), de la llamada del gaseable Boris Izaguirre a Jorge Berlanga preguntándole con sorna "oye, ¿tu hermano ha muerto o es un bulo?" (como no tengo poder real para pedir la expulsión de Boris de España, me limitaré a sentarme a la puerta de casa y esperar a que ese infraser se ahogue en su propia ciénaga de telebasura y degeneración moral y profesional)... En el otro extremo, la señorial, casi oriental, reacción de Nacho Canut: "no voy al velatorio porque no puedo resucitar a Carlos", afirmó una de las personas que más comprendió a Carlos en vida, uno de los pocos que lograban arrancarlo de la indolencia a la actividad, del diván a la mesa camilla.

“...Enero.
No tengo ganas ni de respirar
miro a la calle por el ventanal
me queda poco
para la recta final".

Carlos Berlanga, "Septiembre".



Ahora sé que no habrá más canciones ni más entrevistas ni más silencios ni más fotografías de Carlos Berlanga. Pero en este texto no hay lugar para las clásicas lamentaciones babosas e inútiles. Me crispa sobremanera oír la letanía: “pobrecillo, Carlitos, que se ha muerto”, en un tono que me parece francamente idiota. Carlos no era ningún “pobrecillo”. No necesita caridad ni compasión. Gastó su vida y consumió su salud haciendo su voluntad, siguiendo la única ley de su admirado Aleister Crowley: "Haz lo que quieras". Sí me duele pensar que, a pesar de su maravillosa obra, fue uno de los artistas más desaprovechados (tanto por sí mismo como por los demás) e injustamente ninguneados de España.

Muy a pesar de que, de este modo, su muerte sea melancólica y su leyenda perfecta: vivió rápido, se murió (relativamente) joven y dejó un atractivo y muy bien vestido cadáver. Que le quiten lo bailao. Lo leí en el manga "Black Jack", de Osamu Tezuka (quizá en un universo paralelo este cirujano de lo imposible le trasplanta el hígado a Carlos y prolonga su vida unos cuantos lustros): "La vida de un hombre no es más que una mota de polvo en la inmensidad del cosmos. Así, el destino fija el día de su nacimiento y luego el de su muerte".

En fin, adiós, Carlos, descansa en paz y espero que puedas leer este disparate de fan desde el más allá, donde te encontrarás hojeando tus revistas favoritas (el “Qué me dices” y el “¡Sorpresa!”) mientras te cortan el pelo. Cuando me toque a mí decir “adiós mundo cruel”, intentaré buscarte, en esa zona crepuscular donde flotan las almas de Rimbaud o Wilde, Grace Kelly o Gracita Morales, Lautremont o Marvin Gaye, Warhol o Nick Drake, Lestat el Vampiro y Gwen Stacy, Jobim o William Burroughs, Nico o Coco Chanel, Jean Cocteau o Carmen Santonja. Y muchos más. Es todo...


"Febrero.
En el infierno no se está tan mal
no echo de menos nada terrenal
aquí los vicios son la cosa más normal
aquí los vicios son la cosa más normal
más normal".

Carlos Berlanga, "Septiembre"

dildodecongost@hotmail.com

 

 





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