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Partiendo de que toda verdad es relativa y de que no hay que creerse nada más (y nada menos) que lo que a uno le dicen las tripas.
Partiendo de que son tiempos nuevos, tiempos salvajes y que hay que fiarse únicamente del instinto animal para todo y vivir al día como un suicida, escribo este texto desde el epicentro de Madrid, en las inmediaciones del Ministerio del Interior, para que os lo creáis tanto o tan poco como los demás textos que lleguen a vuestros temblorosos y paranoides ojuelos.
La conspiranoia generalizada, el terror a la información falsa, al hecho de ser títeres o cabezas de turco de los Superiores (desconocidos o no), crea una sensación tan inquietante como (des)agradable:
es como hallarse atrapado en una novela de Política Ficción, ¿verdad? Se siente como un gusanillo estomacal de lo más estimulante, ¿a que sí?
Debe ser lo mismo que siente la cobaya que se encuentra en el laberinto, azuzada con un palo por un humanoide curiosón.

¿Qué es real? ¿Qué es falso?
Como dijo William S. Burroughs, hay muchas realidades y, en consecuencia, todo es mentira. Y todo es, de alguna manera, verdad.
Acontecimientos como la ?Masacre de Atocha? no son nada nuevo, no deberían sorprendernos de esta manera:
sólo demuestran por enésima vez que el Kali Yuga, la Edad Oscura, el Advenimiento del Maligno, de la Gran Mentira, de lo Virtual frente a lo Real, es ya irreversible.
Hoy todo es falso, efímero y absurdo: desde la emancipación de las mujeres hasta el holograma de Chueca, pasando por los 15 minutos de silencio. Sólo queda lo animal.
Ayer salí a la calle, a mi calle, cerca del ministerio de Asuntos Exteriores, para ir a trabajar y la calle olia a miedo y a muerte. Yo no sabía lo que pasaba, pero las largas colas en los autobuses y el silencio animal de la gente me decían que ahí sucedía algo.

Más que la muerte (mueren millones de personas todos los días por mil y un motivos) era el Terror.
Cuando alguien me dijo que ETA había provocado una masacre, me sonó a cuento chino y a escopeta nacional:
ni política ni militarmente me parecía algo propio de la ETA. Desde el primer momento tres caracteres impresos en chorreante sangre iluminaron mi media neurona: 11S.
Cuidado, no quiero ir de listo, en esta época en la que hasta el tonto del pueblo habla de conspiraciones, es que me gustan las novelas de intrigas políticas, de grandes corporaciones y de marcianos rigiendo el destino humano desde las sombras.
Mi teoría es esta (no esta explicada, sino tan sólo esbozada en cuatro pinceladas, porque no responde a un ejercicio intelectual, sino, como ya he dicho a una intuición especulativa):
Dos presidentes de dos países hablan del 11 S, de acabar con el problema terrorista y con las ansias independentistas de una de las provincias de uno de los países; mientras, fuman grandes puros.

Dejan todo en manos de los Servicios de Inteligencia que ya habían montado el sarao del 11S.
El día D a la hora H, explotan varias pompas en la hiperpoblada capital de un Reino: se llevan a casi 200 súbditos por delante.
Sin embargo, algo sale mal: la chapuza nacional hace que quede una camioneta perdida por ahí, que pertenece a los agentes árabes autores del atentado. Se filtra la noticia y el gobierno ya no puede acusar a los independentistas del catacrac, pero lo siguen haciendo, a ver si cuela.
La gente empieza a dudar. Ese mismo día, por la noche en Madrid: calles desiertas, cuatro locos de ?Basta ya? gritando en contra de los independentistas: nadie les hace caso, nadie les da bola, los miran como a locos oportunistas porque, esta vez, la mentira nacional ha sido resquebrajada por la caspa: nadie sabe la verdad.
La sombra de una duda asola los rostros de los madrileños. No saben contra quien dirigir su odio, ya no tienen a su odiado hombre del coco, a su cabeza de turco (nunca mejor dicho), a la ETA, como percha de los golpes.
Ahora intuyen algo , no saben qué, pero algo: ?aquí hay gato encerrado?. Ésta es la frase clave. Sin embargo, la masa no piensa, sólo obedece.

Así están las cosas:
Los desertores del arado votan a un partido político para ricos que luego les pone pompas y los mata, luego va a una manifestación contra las pompas convocada por el propio partido y, dos días después, vuelven a votarles.
Eso muy a pesar de lo que les diga la vocecita animal que les queda dentro, eso a pesar de lo que les diga su alma ya castrada por tantas horas de trabajo infrahumano y de ocio organizado... eso a pesar de Todo.
Y es que, en la Edad Oscura, el hombre está muy por debajo del animal. La historia de la evolución se puede resumir en una frase: del mono al cerdo y, del cerdo al corderito que lame las pezuñas del lobo que luego lo ejecutará. Dame pompas y llámame tonto.
Y lo más absurdo es que, vale, tal vez tenga sentido lo de EE.UU.: cargarse a una cantidad determinada de personas para poder justificar el saqueo del petróleo de un país, invadirlo y seguir viviendo de puta madre durante varias décadas más.

Pero en España, ¿para qué? ¿Qué pretendían estos celtíberos? ¿Invadir el País Vasco, como soñaba Fraga en su día? ¿Bombardearlo? ¿Prohibirlo? ¿Hacer que la gente apruebe la intervención en Irak porque los moros se han vengado y ganar votos para el titubeante homosexual que han malpuesto al frente del partido?
¿Y qué quieren las gentes de las Españas? ¿Qué buscan? ¿Cuál es su meta? ¿Por qué tienen tanto miedo a las bombas y no a otros tipos de muertes que les asolan?
Y sobre todo: ¿por qué no les da miedo a la muerte en vida, a la alienación y a la Edad Oscura? ¿Por qué se quejan de que los maten y no de que los obliguen a ser zombies teledirigidos?

Las respuestas son inciertas.
Sea como sea, que sea lo que Dios quiera, o sea, la carrera desesperada hacia el Gran Fin de una Especie, la vuelta a la Edad de las Tinieblas.
Chtulhu, fétido y poderoso, espera escondido entre los hielos pero, ¿a quién le importa? Cuando termino de redactar estas líneas, en la calle suenan sirenas y caos enloquecido. Alguien me dice que el Ministerio del Interior ha recomendado no coger transportes públicos, porque hay peligro de nuevas bombas.
Yo ahora dudo: no sé si volver a casa en metro o en autobús. Es que llueve y no quiero mojarme...
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