Te vuelve medio loca
Trampas y vericuetos de una droga que engancha a miles de españoles en estas fechas tan entrañables
Blanca como la nieve, la cocaína se esnifa con especial voracidad en las fiestas navideñas.
Efectiviwonder, el consumo de farlopa aumenta hasta un 30% durante los fastos de conmemoración del nacimiento del niño Jesús, la despedida del año o la venida de los orientales que traen regalitos, en una auténtica celebración del despilfarro y la supremacía económica occidental. Antiguamente, sólo se salía de juerga en fin de año. Ahora, se sale hasta en las fechas más familiares y entrañables: Nochebuena, Reyes, los Santos Inocentes… ¡Esta juventud se olvida muy pronto de las costumbres de sus ancianos abuelos y no respeta la tradición! ¡Sólo quieren placer por placer, vicio rápido, sexo, droja y rocanroll! Esto hace que ya no sea suficiente con pillar un “pollo” (gramo en argot yonki) para Año Nuevo, sino uno (o dos) para cada festividad y otro más para los fines de semana. Por barba. Conclusión: los que se meten, se meten mucho más. Estas navidades, se han vendido y aspirado miles de “mogras”. Y aún queda un weekend, con su viernes y su noche de Reyes, en las que, sin duda, habrá nuevas tormentas de perico en las calles y locales de ocio de Celtiberia. Una vez más, los españoles emularán a Tony Montana:
Como cambian los tiempos: una droga que en los años 80 era, como el caviar, una cosa exquisita, de consumo exclusivo de yuppies y modernos, es hoy el pan nuestro de cada día. Vamos, que ahora el raro y el snob es el que NO pilla una bolsita para el fin de semana. La coca se ha democratizado, se ha vulgarizado, ha sido abrazada como un maná narcótico por la clase media española, que la lleva siempre en el bolsillo. Sube el gas, la luz, el teléfono, las hortalizas, los trenes, la gasolina… pero la coca baja de precio. Cada año, más baratita y más adulterada, claro. A finales de los 90, un gramo costaba 10.000 pesetas y aún entonces parecía una pasta: si había vacas flacas, se pillaba entre varios colegas para repartir las lonchas. Hoy, cada españolito se pilla su gramo, porque cuesta entre 50 y 60 euros, es decir, entre 8.319 y 9.983 pesetas. No parece una bajada espectacular, pero lo es: si tenemos en cuenta cómo ha subido todo lo demás y que una copa ronda hoy los 8 o 10 euros, nos sale que la coca está al alcance de cualquier bolsillo: la raya cuesta unos cinco euros (de un gramo salen diez generosos “tiros”). Zapatero no sabe lo que vale un café… ¿se imagina que una loncha de perico cuesta lo mismo que un par de capuchinos? ¿Barrunta que lleva, aproximadamente, la misma cafeína?

Porque esa es otra: en plena era del simulacro y los sucedáneos, la coca ya no es coca. Me explico: en el 99% de los casos (la práctica totalidad, menos la que se pilla en poblados chabolistas o en camellos de confianza), la llamada “perica” no deja de ser una mezcla de cafeína, fenacetina, metrodinazol, manitol y paracetamol, con un pelín de cocaína. ¿Qué efectos puede tener este polvo bastardo en el organismo humano? Lo desconozco, pero si queréis haceros una idea, tomaros cinco o seis cafés solos y otros tantos frenadoles: los efectos que sufriréis serán muy parecidos a los de la “coca” que hay en la calle y os ahorraréis unos pocos euros.

Los expertos del Instituto Nacional de Drogas de Abuso (que, no lo olvidemos, tienen curro gracias a los camellos) califican de “auténtica epidemia” la multiplicación de la “coca” en España, país que está a la cabeza de Europa en el consumo de “nieve”. El misterio vuelve a estar en su condición ilegal. Vamos a ver: si se la mete (casi) todo el mundo, ¿por qué es ilegal? ¿Por qué no la legalizan, como el café, el alcohol, la telebasura, los Big Macs o el tabaco? Si la lucha contra la drogaína va tan bien y confiscan miles de alijos de coca, ¿por qué cada vez hay más farlopa, más barata y de peor calidad? ¿No tendrá algo que ver la mafia, la poli, la falsa quema de alijos? Ah, ¿y por qué hacen anuncios contra droga que más bien parece publicidad indirecta y la gente se toma a chufla?
Son preguntas que no voy a responder porque tirando, tirando de la cuerda, podríamos llegar a lo más alto, y toparnos con conspiranoias en plan “Prison Break”: yo imagino en una todopoderosa corporación norteamericana que opera muy por encima de los gobiernos mundiales y organiza toda esta pantomima de traficantes, camellos, maderos, jueces y detenciones de chivos expiatorios, todo para justificar un tinglado cuyo dinero ha sido y es la base de muuuchos países, medios de comunicación, multinacionales textiles y un largo etcétera. Pero me callo porque no quiero acabar en el Fox River celtibérico con el cuerpo lleno de tatuajes talegueros.

Esta claro, también, que la ilegalidad beneficia al innegable morbo que tiene la coca. Comprarla en el mercado negro a un ser de mala muerte, metérsela en un váter, trapichear con ella… Todo eso se acabaría con la legalización. También se perdería mucha pasta porque, al ser legal, habría que venderla más o menos pura. Pero eso no es todo. La aplicación de la coca, la penetración del orificio nasal con la pajita o el billete (usar dinero para meterse incrementa el morbo) es una especie de sustituto del acto sexual y, como la gente cada vez folla menos, se dedica a beber y a meterse rayas.
Alguno estará pensando “¿pero la perica no te la ponía dura?”. Si y no. Si te metes un par de “puntas” con un poco de alcohol, sí, porque, además, el propio acto de meterse rayas pone cachondo, sobre todo si te la haces entre un par de tetas y la sustancia es de buena calidad. Pero si te embalsamas en etílicos y te rebozas en zarpa anfetaminosa, la cosa puede resumirse con un verso del Shakespeare: “Lujuria, señor, provoca, y no provoca: provoca el deseo, pero se lleva la obra”. O sea, que si te metes mil rayas, te pones más cerdo, la mente va a mil por hora, los sentidos se calientan y van a por todas… el problema es que, tras meterse una buena cantidad de coca, es bastante difícil empalmar y mucho más correrse. Por eso las putas odian a los puteros cocainómanos: porque son violentos, imprevisibles, generan problemas y rara vez se corren, pero siguen ahí, insistiendo, babeando y magreando porque la mente les pide carne.

Para combinar con la coca lo mejor es el porno, porque es un producto eminentemente mental. Llegar a casa y tirarse varias horas viendo porno guarrísimo, ponerse a mil, pero irse a la cama sin correrse (o con una corrida triste con el rabo medio blando) es muy habitual entre los cocainómanos. En general, se funciona mejor al día siguiente: con resaca puerca, si comes bien y pasas de meterte más, puedes echar grandes polvos. Eso sí, que nadie se engañe: a la larga, el perico provoca impotencia, una impotencia que se puede solucionar metiéndose rayas de Viagra, claro, una droga legal (y no menos letal que la farla) que muchos pericómanos usan para forzar buenas erecciones.

Tal vez el gremio más interesado en que haya coca (junto a los matasanos, que la pillan purísima) es el hostelero. Los camareros y propietarios de discotecas o tabernas hacen la vista gorda en sus váteres. Si tienes un bar de copas con clientes que se meten rayas, no sólo venderás más cubatas (es obvio que la coca pide alcohol y viceversa) sino que le podrás meter un garrafón criminal al personal porque, con el paladar y las neuronas enzarpados, no distinguirán el Chivas de la trilita. La relación entre alcohol y coca la explicaba muy bien el inefable Escohotado en su enciclopedia de la droga:
“Por muchas experiencias de primera mano, entiendo que [la coca] es el fármaco más difícil de dosificar; cantidades pequeñas harán sentir que es accesible una euforia superior aumentando el consumo, y cantidades grandes provocarán una incómoda sensación de rigidez (el «palo») que pide usar mucho alcohol u otros apaciguadores. El alcohol y otros apaciguadores harán que pueda administrarse más cocaína, que exige a su vez más sedación, y finalmente el usuario acabará mendigando meros somníferos, tras fumar ríos de cigarrillos. No niego cierto encanto a esta ebriedad compleja, aunque sólo parece admisible de modo muy ocasional. En realidad, es una variante de la combinación heroína-cocaína, que resulta tan lesiva como ella para la salud”.

¿Más secretos del éxito de la coca? Como todas las adicciones (llámense videojuegos, televisión, comida o internet) la coca abre en la mente del toxicómano una puerta para escapar de la realidad. En el caso de la coca, esto se traduce en una falsa (y muy efímera) sensación de triunfo. Hasta el infraser más mediocre puede creerse Dios con varias rayas en las narices (si la coca es buena, si no, todo se reduce a la susodicha sensación de rigidez, sudores fríos, ganas de cagar y una notable paranoia, o sea, como el café con frenadoles). Lo malo es que la euforia pasa enseguida y sobreviene el bajón que… pide a gritos una nueva raya. Sobre la sensación de poder y felicidad provocada por los polvos pálidos se expresó muy bien el genial mago pansexual, satanista y toxicófago Aleister Crowley en su libro “Cocaine”:

“Porque nunca ha habido ningún elixir de magia tan inmediata como la cocaína. Proporcionada a no importa quien. Traedme al último fracasado de la tierra; dejadle sufrir todas las torturas de la enfermedad; arrebatadle toda esperanza, fe y amor. Entonces mirad, observad el dorso de esa mano ajada, su piel descolorida y arrugada, quizás inflamada de un acongojante eczema, quizás putrefacta por alguna llaga maligna. Que coloque en ella esa nieve reluciente, sólo unos pocos granos, un montoncito de polvo estrellado. El brazo consumido se levanta lentamente hacia una cabeza que es poco más que una calavera; la débil respiración absorbe ese polvo radiante. Ahora debemos esperar. Un minuto, quizás cinco minutos.

Entonces sucede el milagro de milagros, tan seguro como la muerte, pero tan imperioso como la vida; algo aún más milagroso, por ser tan súbito, tan alejado del normal curso de la evolución. Natura nono facit saltum; la naturaleza nunca da un salto. Cierto, y por consiguiente este milagro parece contra natura.
La melancolía desaparece; los ojos brillan; la boca triste sonríe. Casi retorna el vigor viril, o parece retornar. Cuanto menos la fe, la esperanza y el amor acuden en tropel a la danza; se encuentra todo lo que fue perdido.
El hombre es feliz.
A uno la droga le puede traer vivacidad, a otro languidez; a otro fuerza creativa, a otro energía incansable, a otro encanto, y a otro más concupiscencia. Pero cada uno a su manera es feliz. ¡Pensad en ello! ¡Tan simple y tan trascendental! ¡El hombre es feliz!”

Este último punto comentado por Crowley es crucial: como ocurre con casi todas las cosas, las drogas en general y la coca en especial NO LE SIENTA IGUAL A TODO EL MUNDO. Es el gran drama de la democracia y del mundo moderno, el creerse que todos somos iguales… y la verdad es que no podemos ser más distintos. Hay personas que, por su fortaleza física y mental, pueden meterse gramos y gramos y disfrutarlos y dejarlo al día siguiente y si te he visto no me acuerdo, pero hay infelices de cuerpos y cerebros frágiles que, por el contrario, se autodestruirán las neuronas, los dientes y los tabiques con estos polvos locos, y se engancharán y pasarán el resto de sus miserables vidas esnifando como zombies. Es tarea de cada cual conocerse a sí mismo y saber si puede o no puede jugar a ciertos juegos que pueden costar muy caros. Si no, que le pregunten a Maradona:
Cada cual hace lo que le da la gana con su cuerpo, sí, yo soy el primero en defender esto. Si cualquiera de vosotros quiere pegarse un tiro (de coca o de pistola), me parece de puta madre, pero lo que veo del género tonto es tomárselo como si fueran los polvos pica pica que chupeteábamos de críos, cuando la coca puede tener efectos devastadores en muchos organismos, tanto desde el punto de vista neurológico como del físico: deterioro cerebral, muerte de los tejidos nasales, regurgitación nasal (o sea, que, por un agujero provocado por el perico, pasa la comida de la boca a la nariz).

Sí, ya sé que todo el mundo conoce estos efectos, pero es bueno pensar en ellos a la hora de meterse la raya. Si tienes cojones para asumir las consecuencias, vale, sigue metiéndote. Si no es así, déjalo y no te lamentes cuando ya sea tarde, como hizo un yonki yanqui de 25 años al que le diagnosticaron perforación palatal inducida por cocaína. En román paladino: el tipo tenía un agujero en el paladar. Lo que no se ve, pero se siente, es lo que pasa en el cerebro: la pérdida de neuronas y la degeneración espiritual podría ser una buena explicación para la decadencia del arte, la sensatez y la cultura en Occidente. En este anuncio, mi favorito entre todos los que existen sobre la coca, se puede ver cómo ocurre de forma muy explícita:
Porque con la coca, como con todo lo demás (poco se habla de los atracones gastronómicos, que causan bastantes más estragos que la farla) sigue vigente aquella sabia inscripción del oráculo de Delfos: “Nada en exceso”. Y, en materia de drogas, siempre servirá la regla de oro establecida por el maestro Ernst Jünger para el consumo de cualquier sustancia: “una vez al mes, es mejor que una vez a la semana; una vez al año, mejor que una vez al mes”. Por desgracia, hoy por hoy, la ley de la calle aconseja todo lo contrario: vive rápido, muere joven y deja un cadáver sin tabique.
Y para despedirnos con buen sabor de boca (y de nariz), voy a poner la letra de una canción. Dudaba entre “Cocaine habit blues” de Memphis Jug Band o “Cocaine Blues” de Johnny Cash pero, como escribo esto desde Galicia, ahí va la letra de “Todo por la napia” de Siniestro Total, una canción que tiene casi veinte años. Quién se iba a imaginar que algún día sería un certero retrato de miles y miles de españoles:
“Érase un hombre a una nariz pegado
y pegado a la nariz un talego enrollado
eran unas fosas nasales gigantescas
como túnel grande sobre carretera
era el trabajo de aspirador
al que aspiraba al que hizo oposición
era era era era que se era
era su nariz su pecado y su condena
Todo por la napia
snif snif todo por la nariz
Era Medellín su tierra prometida
era el polvo blanco su maná y su alegría
no era un camello sino una caravana
la que le pasaba la materia colombiana
era que estudiaba geografía americana
era que amaba a Toni Montana
y era el pegamento y las colas industriales
sus otras pasiones sus efectos personales
Todo por la napia
snif snif todo por la nariz
Era que oía a su madre que decía
Perico, no te excites y Perico se reía
era el placer para su pituitaria
todo lo que entraba fuera línea o fuera raya
era que despacio y poco a poco su tabique
se había desgastado se había ido a pique
y era que escuchaba el consejo del vecino
Haz como yo y ponte uno de platino
Todo por la napia
snif snif todo por la nariz”
Por Dildo de Congost
http://blogs.putalocura.com/dildo