martes, 1 de Enero de 2002

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El tren (I)

Viajes bizarros ferroviarios
Viajeeeeeeros aaal treeeeeeen! Aaaaaay, qué bonitos son los trenes eléctricos, con sus casitas, sus arbolitos, sus ovejitas y pastores.

¿Viajeeeeeeros aaal treeeeeeen! Aaaaaay, qué bonitos son los trenes eléctricos, con sus casitas, sus arbolitos, sus ovejitas y pastores que parecen de portal de belén, con el musgo que también parece de árbol de navidad, con las montañitas.... y, sobre todo, con esos preciosos trenecitos a escala que hasta pitan y echan humo y que suelen representar locomotoras y vagones antiguos, de la época dorada del tren, cuando viajar todavía era un placer, un lento placer y no un rápido engorro.

Sin embargo, yo nunca tuve un tren de esos, aunque conozco la paz que se siente al conducirlos porque tengo amigos que los poseen.

Yo, como vosotros, soy de la generación Scalextric, y siempre he hugado con coches, con el garaje plegable, con el puto TCR, con los Porsches a escala y los autos locos.

Tal vez por eso soy autofóbico. Sí, amiguitos, odio el automóvil, lo considero un coñazo, un engorro y una máquina de chupar pasta y, por ello, no tengo ni coche ni carnet de conducir a pesar de que, según dicen, sin coche se liga menos y se es menos macho y menos guay.

Como comprenderán, a estas alturas de la pinícula me suda la polla lo que digan. El caso es que paso del puto coche, no tengo alma de chofer y, por ello, necesito ser transportado por terceras personas a los lugares a los que quiero o debo ir.

En la ciudad, que es mi hábitat natural, me mola ir en metro (que es un gran invento, aunque está lleno de chusma) y, a veces, si estoy muy cansado o xenofóbico, me pillo un taxi.

Para viajar al extranjero suelo usar el avión, pero para moverme por aquí, por las Españas, me congratulaba ir en tren.

¡Ay, qué bonito era ir de la Ceca a la Meca en compartimentos (o compartimientos, como dicen en las pinículas con doblaje sudaka) de seis personas antiguamente!.

Viajar en tren siempre fue toda una experiencia... Una verdadera metáfora de la vida, este otro viaje mucho más incómodo y absurdo. Muchas veces subías a un tren y, cuando bajabas, ya no eras la misma persona humana.

Ir mirando el paisaje por la ventanilla mientras se disfrutaba de una buena conversación (si te tocaba alguien interesante al lado) o de un buen ligue (si se daba el excepcional caso de que los Dioses hubieran puesto en el asiento de enfrente a una niña mona y sola en el mundo) era formidable.

O disfrutar de los chascarrillos de los viejos verdes, de las canciones de los mozos que iban a hacer la mili, o de conversaciones tan interesantes y educativas como esta:

Viajero 1: ¿Por donde pasa el tren?

Viajero 2: Por la vía.

Viajero 1: Anda, tonto, que ya lo sabía.

Pero habrán caído en la cuenta de que estoy hablando en pasado. Porque todo esto era antes. Hoy, por el contrario, pasamos...

Miedo y asco en el ferrocarril

Ahora, las cosas han cambiado, gracias a la RENFE.

Si en otros países viajar en tren sigue siendo un placer de sibaritas y de viajeros (no confundir con turistas, please), en España es un jodido suplicio.

RENFE ha transformado sus vagones de manera que ahora se parecen más a un avión o a un autobús, pero con los asientos más incómodos todavía (si cabe).

Y yo me pregunto, ¿para qué coño ir en tren si se tarda mucho más y el viaje es tan aséptico e impersonal como si fueras en un avión o en un buseto?

En algunos, hasta tienen tele, aunque no sé para qué porque casi nunca ponen pinículas y, si pasan alguna, es una mierda de comedieta romántica de Hugh Grant y Julia Roberts (por lo menos, en el bus de Alsa ponen "Yo quiero ser torero", excepcional filme interpretado por el dúo Sacapuntas y dirigido por Miliki).

Lo que no ha cambiado es el tradicional y malencarado revisor de toda la vida, que te perdona la idem, te pide el billete, te cobra un plus del 50% si llevas un animal doméstico en un transportín que ocupa menos que una maleta y hasta te echa la bronca si te pones un poco cómodo de más.

En una ocasión, servidor tenía los pies apoyados en el asiento de al lado, y el revisor, a grito pelao, me dijo:

?vamos a ver, ¿usted en su casa pone los pies encima de los sofás?, en tono francamente paternalista.

Y yo contesté la verdad: que sí. La última vez, me echó la bronca por intentar escaquear a mi gata sin pagar. Es cierto: me cobró el 50% del importe por un transportín que, en realidad, ocupa menos que una maleta.

Entonces, me pregunto yo, ¿por qué no le han dicho nada a la mamá del bebé que no ha parado dar alaridos en todo el trayecto?

Pero no, a los tomasínes hay que hacerles carantoñas, sino eres un monstruo y una persona insensible y degenerada.

Eso en clase preferente (así le llaman a esos asientos tan cómodos y relajantes como una silla eléctrica), porque en segunda clase (o sea, en literas), el viaje ya es toda una aventura: compartimientos minúsculos para seis que parecen latas de sardinas, inspecciones de la Guardia Civil con linternas a las tantas de la madrugada para mirar si llevas cocaína o explosivos en la bolsa de viaje, olores atroces de pinreles y alerones ajenos, cuescos fétidos, eructos embriagadores y demás olores a Humanidad.

Eso por no hablar de los tocamientos torpes en medio del traqueteo nocturno (esa inquietante sensación que embarga a un hombre cuando nota los dátiles de un mondrigón en sus nalgas o ve unas zarpas ajenas magreando el culo de su novia durmiente), peleas por diferentes motivos, ronquidos, y un largo etcétera de miserias y desgracias de todos los colores, sexos y razas.

Eso nos deja una única opción: viajar en primera clase. O sea, en coche cama. Sólo hay una pega: vale un ojo de la cara. Para que se hagan una idea, el trayecto Madrid Ferrol costaba la friolera de 180 euros ida y vuelta, mientras en avión costaba 130.

Eso sí, se va muy bien ahí arriba, con toda una cama-ataúd pegada al techo para ti solito, un asiento bastante cómodo para mirar por la ventana a gusto y una bacinilla para orinar o defecar ahí, que luego se pone el orinal en una especie de invento del TBO que se abre y se cierra, haciendo que los pises y las cacas caigan al exterior, dejando las vías del tren apestosas y humeantes de manjares que sólo las moscas cojoneras que por allí pasen sabrán degustar con gula.

Descarriles a gogó

Las estaciones de ferrocarril son lugares mucho más alegres y bonitos que los aeropuertos (que casi parecen centros comerciales) o las tétricas estaciones de autobuses.

Allí vivía el ferroviario con su familia (que dieron lugar a cancioncillas como "La chica de la estación" que cantaba Conchita Piquer y que versaba en tono pícaro sobre los amoríos de la hija de un ferroviario), y todavía hoy tienen vida y personalidad propias, son todas distintas y en algunas (sobre todo en las de países como Holanda o Escocia) se está muy bien y hasta casi dan ganas de quedarse a vivir allí, sentado en el banco, comiendo pipas y esperando un tren que nunca pasará jamás, como en la canción de los Vegetales.

Aun así, siempre que llega a una estación, uno siente que la sensación de melancolía del viajero le embarga cuando debe subir al tren. Mamá, me cuesta viajar. Uno es Tauro y pesimista y siempre cree que su viaje va a ser el último.

Pienso en ?Dragon head, un cómic japonés en el que un tren bala lleno de estudiantes de excursión se da un ostión en un tunel y queda completamente sepultado entre dos tapones de piedras. Sólo hay tres supervivientes y, claro, están completamente enloquecidos.

Cuando mi trenecito de RENFE, que no es precisamente un balín, arranca a trancas y barrancas, o luego, cuando se para en seco en un túnel y se queda todo a oscuras o cuando se mueve como si estuviera a punto de descarrilar me pregunto, ¿qué haría si nos diésemos un ostión y quedara yo como único superviviente?

Ahí se ve lo que vale un hombre, en esas situaciones límite, como en el 11-S. Algunos, ante una catástrofe así, intentarían sacar los cadáveres del tren en llamas, en plan Bruce Willis, y luego llorarían por los seres humanos tristemente fallecidos, como hacían los héroes de las Torres Gemelas, chillando: ¡ay, pobrecitos, cuántos muertos!. Y desde su móvil llamarían a la policía y a los bomberos... Pero otros seguro que saquearían los cadáveres de los hombres, violarían los de las mujeres que estuvieran buenas y todavía calientes... y, finalmente, pondría pies en polvorosa rumbo a lo desconocido.

¿Qué haría yo? Si les digo la verdad, no lo sé, tal vez lo que me dictase el instinto, ahora que ya no sé lo que es bueno y lo que es malo. Ahora que he visto el horror... del viaje en tren... ¿qué haría ante la catástrofe? Cualquiera sabe. Pero estoy divagando inútilmente, porque hay una pregunta mucho más importante que atormenta al viajero ansioso...


Tags: tren - torbe - viajes



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