Mujeres y hombres y viceversa
Si quieres perder el orgullo, si no tienes dignidad, ¡ve a este programa!
Por Cle
Una vez me dijeron que no creyese en nada de lo que emitiesen por televisión pues hasta el más ínfimo detalle estaba amañado. Generalmente, un programa no se podría permitir la opción de improvisar pues existe demasiado dinero de por medio como para jugárselo a lo loco.
No es que existan guiones para seguir palabra por palabra, pero sí que se aseguran del papel que van a adoptar los distintos colaboradores e invitados para que nada se les escape de las manos. Todo sigue una o varias líneas con diferentes límites que, si se pasaran, sabrían muy bien cómo ocultar al público, muchas veces insultando descaradamente nuestra inteligencia.

La televisión basura existe, que no os engañen. La televisión basura es aquella que te hace peor persona, aquella que observas tranquilo desde el sofá de tu casa despojándote de toda empatía y otorgándote la posibilidad de ejercer del juez más tirano que se pueda imaginar.
Forma parte de la gran mayoría, a todos nos encanta juzgar desde la seguridad del hogar, al igual que muchos nos regodeamos del sufrimiento ajeno cuando tenemos salvaguardado el trasero.
Es nuestro lado oscuro, la satisfacción de sentirnos superiores mientras menganita termina humillada por haber sido infiel, ¡que se joda por puta!... Claro que nosotros también hemos puesto cuernos a mansalva, pero tenemos la suerte de no estar en plató, así que obviemos nuestros errores y sigamos lapidando a la zorra.

La cuestión es que a la zorra le va a dar igual que la juzgues, y que mientras nosotros nos hacemos cada vez más monstruos a ellos cada vez se les hincha más el bolsillo. Ya no sólo nos mienten sino que, aturdiéndonos para manejarnos a su antojo, consiguen alimentarse de la parte más primitiva del ser humano.
Yo no quiero ser una santa, sobre todo porque no me sale, y entre ver basura o leer un libro a veces opto por lo primero. Estaría feo renegar de mis actos, quizás porque además de ver mierda también hago muchas otras cosas, seguramente mil veces más productivas. Lo triste sería que me dedicase sólo y exclusivamente a disfrutar mientras dos locas se despellejan en pleno directo matinal. Una sociedad adormecida no progresa, no evoluciona y no germina, una sociedad agarrotada sería un retroceso fatal en todos los ámbitos, o sino a ver quién nos iba a salvar de una pulmonía si todos viviésemos como marionetas sin más aspiraciones que las de cubrir nuestras necesidades básicas, muchas veces innecesarias.

Reconozco haberme tragado los últimos programas de “mujeres y hombres y viceversa”. Me merezco unos buenos azotes, y quizá me los dé a mí misma por ver un programa que, literalmente, me da asco y que sólo he visto por el gustillo de la polémica que se generó cuando ya quedaban pocas chicas para conquistar al tronista Efrén.
Para los que no lo hayáis visto: felicidades, os habéis ahorrado un buen puñado de horas infructuosas. Básicamente, se trata de enamorar a una persona a base de veinte minutos cada X tiempo o minicitas de cinco minutos, luchar sucio y perder la dignidad con tal de llevarse el trofeo, porque al final da la sensación de que más que tronista es medalla. Observad cuando, por el motivo que sea, un chico se hace popular y las mujeres combaten por conseguirle. Muchas veces no importa si el tío carece de principios pues la finalidad ya no es él como persona sino lo que representaría ser la ganadora, el subidón de autoestima que ahora sí te parece digna mientras que cuando tratabas de conquistarle no dudabas en pisotear. Y hablo de chicas como podría hablar de chicos, en esto no existen diferencias de género, y me remito al programa.

Sin duda todo sería así si no se emitiera por la tele, pero con no pocas cámaras alrededor y un buen puñado de telespectadores dando dinero la cosa se adultera por cojones. El programa es sólo una representación de lo tristemente cotidiano, no obstante nos hacen creer que lo que estamos viendo es tan real como la vida misma.
Efrén, Dios todopoderoso, juzga sin despeinarse a las chicas a las que no cree merecedoras de su compañía. Ya vimos como “invitó a abandonar el programa” a una de las chicas por los rumores que circulaban sobre ella, y de paso aprovechó para echar a la amiguita y así mataba dos pájaros de un tiro.

Finalmente se quedó con una sosainas bastante mona y, entre lloros y tropecientas horas de programa dramático, nos hicieron creer en la belleza del amor y en los principios de los protagonistas, en especial los del idolatrado Efrén.
Los dos enamorados recorrían platós haciendo gala de su idílica relación mientras nosotros les mirábamos atolondrados, inconscientes de la falsa pureza que representaban. El endiosado Efrén dejaba a Soraya por la supuesta infidelidad de ésta con un ex concursante de Gran Hermano y pedía, previo pago y por televisión, que no se le diese demasiada caña a la chica pues todos nos hemos equivocado alguna vez, pese a lo guarrísima que había sido.
Qué bueno es este Efrén, qué bien ha quedado ante el público, sería el presentador de televisión ideal, tan humilde y bondadoso… si no fuera porque días más tarde salió a la luz un video donde supuestamente dejaba clara su relación con otra chica del programa. Lo siento querido, tu sueño como presentador de programas basura terminó aquí, ahora aprovecha todo lo que puedas como invitado basura.
Todo el mundo miente, en mayor o menor medida. Muchos hacemos cosas de las que no nos sentimos realmente orgullosos y pese a ello tenemos la jeta de criticar al prójimo evadiendo nuestra propia mugre, todos desde nuestras casitas exculpándonos ante Dios o nuestra conciencia.
Es el precio de la fama: si la cagas, la cagas a lo grande. Tus defectos se convertirán en la diana de todas flechas de los que antes te veneraron y por seguro la cagaron tantas o más veces que tú.