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VERANO AFULL

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El opio

Una curiosa experiencia con esta sustancia sagrada

Yo, que hacía tiempo que ya despreciaba la droga por puro abuso o mal uso de ella, me reconcilio ahora


"Einmal lebt icht wie G?r"

H?rlin

Si la religión es el opio el pueblo, ¿es el opio la religión de la élite? Tal vez.

El caso es que el otro día un amigo me invitó a fumarlo y la experiencia fue casi religiosa.

Yo, que hacía tiempo que ya despreciaba la droga por puro abuso o mal uso de ella, me reconcilio ahora con esas sustancias sagradas que los buenos Dioses pusieron sobre la tierra para disfrute del humano, que el brutal cristianismo persiguió y condenó para sustituirlo por hostias y que la ley de la calle convirtió en basura adulterada para matar ratas urbanitas.

¡SABE A GITANO!

El caso es que estábamos cuatro personas humanas (dos mondrigones y dos heterones) en una casa y, nada, se nos ocurrió fumar un poco de opio para amenizar la noche del sábado y embriagarnos un poco antes de salir.

Creo que serían como las dos de la madrugada. Pues bien, no salimos de allí hasta unas cinco horas después. Aunque el ritual del opio debió ser más estético en Vietnam (no hay más que echar un vistazo a la inédita escena gabacha de "Apocalypse Now Redux" para saberlo), nosotros lo fumamos al más puro estilo iraní y, por eso, se pareció mucho más a cuatro yonkis fumando chinos en una cocina.

Era muy fuerte la escena: nuestro anfitrión, ya curtido en estas artes, quemaba un cuchillo en el fuego del hornillo menor y, tras haber pinchado una bolita de opio con un alfiler, le acercaba el cuchillo incandescente y entonces surgía un humo denso que sabía como a gitano o a jamón ahumado.

Entonces, utilizando un turulo o tubito hecho con un flyer de after enrollado y fijado con celo, aspirábamos fuertemente el humo embriagador para luego expulsarlo en una exhalación

Tras la primera calada, me fue invadiendo una fuerte sensación de embriaguez, las luces perdieron intensidad y de pronto me pareció estar en un sueño. Todo era como muy onírico, las paredes de la casa se curvaron, todo parecía más acogedor y nos partíamos de risa viéndonos a nosotros mismos en una estampa tan underground.

De repente, el universo aparecía ante mis ojos como algo lógico y coherente, lleno de sentido. Los cuatro estábamos realmente animados y excitados tras fumar aquella sustancia de sabor acalorrado y repetimos la operación varias veces hasta que estuvimos ciegos.

Ahora, recordando aquello, puedo reescribir en castellano la frase germánica que abre este capítulo:

"En un tiempo viví como los Dioses".

ARREBATO TOTAL

Nuestro anfitrión nos condujo hasta su salón y allí nos tumbamos, con la idea en la mente de salir de marcha.

¿Adónde vamos?

Empezamos a sopesar, tranquila y reflexivamente, las posibilidades de ir a diferentes clubes. Craso error, porque cuanto más pretendíamos movernos, la fuerza que nos pegaba a nuestros asientos se hacía más fuerte.

Normalmente, la gente sale en busca de tías, de diversión, de nuevas gentes y experiencias.

Pero, como el opio había eliminado todos nuestros deseos mayores y menores, por el momento nos bastaba con estar allí, sentados, hablando unas veces y disfrutando del silencio y de la visión de un cartel luminoso de Absolut otras.

¡Qué paz, qué tranquilidad, qué sosiego y qué disparate!

El maestro de ceremonias puso la banda sonora ideal para disfrutar del ciego y seguir mirando el neón que se movía de una forma que nos resultaba fascinante.

Se trataba de "Blade Runner", de Vangelis. Entonces alcancé un estado de relajación tan extremo que creí dormirme y, de pronto, toda la habitación y la situación que estaba viviendo se convirtió en un sueño.

Los instintos sexuales y violentos que suelen abordarme cuando ingiero otras sustancias se esfumaron, aunque estuve jugando un rato con una pistola de fogeo descargada que tenía el dueño de la casa, apuntando y disparando con ella a las personas que, atónitas, me rodeaban.

"Es un mundo extraño", pensé entre sueños. "Disparo y no mato".

Si la pistola hubiera tenido balas ¿habría apretado el gatillo igualmente?.

"Mata con la misma tranquilidad con que lo haría un maestro zen", pensé, pero me costó recordar si la frase era de un samurai o de Harry el Sucio.

Tras pasar unas seis horas cabalgando entre el sueño y la razón, el ciego bajó levemente y todos empezamos a plantearnos seriamente movernos de aquella casa que nos agarraba con fuerza talibana.

Pero, al mirar la hora, nos dimos cuenta de que todas las fiestas que se habían celebrado aquella noche ya habrían terminado hace tiempo, que todos los locales de moda ya estarían vacíos.

Sólo nos quedaban dos opciones: un after bakala y el tradicional bar Moreno, el único de Madrid que abre las 24 horas del día y los 365 días del año y que incluso mereció una reseña en esa biblia de las tendencias llamada "Wallpaper*", muy a pesar de que en él es más probable encontrar chusma, camelletes de mala muerte, putarracas embriagadas, ex-presidarios, yonkis, personas degeneradas de etnias lovecraftianas o alcohólicos anónimos, que a los modernos que compran o dicen comprar la citada revista.

BAR MORENO

Pues allí nos metimos y el bar Moreno estaba a tope de punkies, borrachines, alguna niña mona pero no sola ni sobria, ancianos halitosos y demás ralea.

Nos mezclamos con ellos y, aunque todos (no todas: las tías no nos molestaban, a pesar del bloqueo de la líbido) nos repugnaban profundamente, seguíamos bajo los efectos del opio y los mirábamos con desprecio, sí, con un desprecio pacíficamente violento.

Con el desprecio del anarca. Estábamos impermeabilizados, nada asustados, aunque sabíamos que la mitad de los personajes que por allí campaban llevaban encima armas blancas y mucha mala hostia. Nos sudaba la polla. Las maricas, ya bostezando, decidieron retirarse y nosotros permanecimos allí, en paz, entre la hez, casi como maestros zen.

Ni la sonora bronca de unos punkis que fueron expulsados del claustrofóbico bareto ni la llegada de unos 6 coches de la policía al Moreno hicieron que nos inmutáramos lo más mínimo.

Algo cansados y con ganas de entregarnos a los brazos de Morfeo, abandonamos aquel lugar maldito y, pasando entre delincuentes con imperdibles y maderos con porras, nos despedimos y emprendimos el corto camino hacia casa. Aunque mi dulce hogar quedaba a unos 5 minutos de donde estaba, tuve la sensación de que tardaría una eternidad en llegar, así que cogí un taxi.

CORRERSE SIN CORRERSE

Cuando llegué, todavía no amanecía, aunque los pajarillos ya empezaban a hacer pío pío. Movido por la fuerza de la costumbre, puse un video porno que me había regalado dos días antes un amigo.

"Preciosidades muy guarras", se titulaba. Buena película, pensé mientras la veía: la chupan bien, usan los pies de vez en cuando, hay sandwiches interesantes, se morrean todos con lengua, follan sin condón y, a veces, las putarracas se meten dos pollas a la vez en el culo.

Entonces me di cuenta de que estaba analizando fríamente la pinícula, pero no me estaba gayolando.

Me empecé a acariciar la entrepierna, forzándome a mí mismo a excitarme, pero el morbo que me producían aquellas bellas imágenes era mínimo, aunque yo era consciente de que aquello estaba realmente bien hecho.

Así que, nada, empecé a sacudírmela pero, aunque me empalmaba a tope, no sentía mucho placer. Entonces, justo cuando a una putarraca le metían dos pollas a la vez en el culo, otra en el coño y otra en la boca, decidí correrme... y así lo hice. Y la leche salió disparada de mi polla, pero sentí poco placer.

Raro. "Una experiencia más", pensé, "qué curioso, el opio este, ahora ya estoy un poco más cerca de Oriente".

Me limpié en el pijama, apagué los aparatos y me metí en la cama. Mecido por el dulce ronroneo de mi gata Runa, me dormí plácida y profundamente.

Mientras el sol salía, yo soñaba que alguien me prestaba una uzi y me iba al barrio de Compton (¿o era Lavapies?) a limpiar las calles de heces humanas como un Travis de andar por casa.

Al día siguiente me desperté de excelente humor, sin resaca y con la fuerza de voluntad suficiente como para limpiar y ordenar mi piso entero, escribir este artículo y releer el capítulo de "Acercamientos" que J?dedica al opio y que explica tan bien todo lo que me había pasado el día anterior.

"El opio es sinónimo de sueño y de olvido y tiene además la propiedad de dilatar el tiempo hasta el infinito --no el tiempo de los relojes, con su constricción cósmica y omnipotente, sino el tiempo que es, sin reserva, morada y propiedad del hombre, y a la vez presente y ausente.

Ése es el mayor de los lujos: disponer de tiempo propio. Por esto siempre se interpretó como desorden.

Luxus, luxuria. Esto vale especialmente hoy, cuando vivimos bajo el dominio de los relojes.

?Quien disfruta de tiempo propio es sospechoso". Claro.

LA INEVITABLE BAJAMAR

Tal vez por eso que dice J? el bajón me vino al día siguiente, el lunes, cuando el frío sonido del despertador me devolvió a la cárcel del tiempo, arrancándome de mi sueño de opio y arrojándome de nuevo en la casilla de la rutina laboral.

Como soy consciente de que, cuando uno consume tiempo por anticipado, los Dioses le pasan factura, no me sorprendió ver el mundo gris, torpe y feo. Estaba preparado.

Ese día trabajé con el mismo perfeccionismo de siempre (en estas y otras muchas cosas, soy o intento ser muy nipón), pero con un ligero sentimiento de opresión que desembocó en una mala hostia considerable, similar a la que suelen tener incluso las muchachas más dulces cuando les baja mal la regla.

Ese desagradable estado de ánimo desaparecería sin dejar rastro al día siguiente.

Días después, le comenté esta experiencia al amigo Sánchez Dragó, y él me dijo lo siguiente:

" Bueno, el opio es extremadamente agradable, pero no te revela nada. Las mal llamadas sustancias alucinógenas, que en realidad son enteógenas, te revelan verdades y la trama del universo, pero el opio no, es una ensoñación para pasárselo bien, para relajarse.

¿Problemas?

Uno: te puede hacer vomitar con mucha facilidad.

Dos: te engancha rapidísimamente. Y luego, bueno, te estriñe, te quita potencia sexual...

Tú no sentiste muchos de estos síntomas, porque, sin duda, tomaste una cantidad pequeña y, además, fumada, no comida".

No me extraña que sea tan adictivo, pues sus efectos son tan pero que tan tan tan tan placenteros, que te la suda todo lo demás. La persona de poca voluntad, o el ser inferior vacío y apocado, sin duda caerá en las garras de la adicción de esta sustancia con darle sólo un par de caladas.

La existencia y el mundo interior, el hombre-masa están tan vacíos que se agarran al clavo ardiendo de una dronga, un juego, una persona o lo que sea. No es mi caso, por suerte. Eso sí, creo que esperaré a tener una edad bíblica para volver a probar este mágico manjar de dioses.

Me imagino a mí mismo de anciano, fumando una gran pipa de opio que me quitará las penas y dolores propios de la vejez y me sumergirá en un agradable estado de ensoñación, entre lusco e fusco, ni despierto ni dormido, hasta que la muerte liberadora, la hermosa dama de la guadaña, venga a darme el beso final y a llevarme con ella para siempre a la república de la oscuridad.

Amén.

Anónimo lector, comparta su experiencia opiácea con:

dildodecongost@hotmail.com

meneamedel.icio.usdiggtechnoratiyahooComentarios (0) | Ocio  > Necia droga  |  01/01/2002
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