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Francamente emocionado por ese peazo artículo sobre
Mocedades de Torbe, escrito con el corazón derrochando sinceridad,
bonhomía y nostalgia, me decido yo también a entrar en el baúl de mis
recuerdos y desempolvar algunas viejas canciones que me hicieron tilín
en su día, aunque nunca me he atrevido, hasta hoy, a reconocerlo por
escrito.
Cuando era adolescente Mocedades era un grupo muy mal visto y mis
compañeros de clase, fans de los feos Rolling o de los soporíferos Dire
Straits, pensaban que era un «grupo para padres». Yo también los odiaba
por sus pintas tan normales y porque le gustaban a mis viejos pero, sin
embargo, no puedo olvidar aquellas tardes gloriosas, viajando en coche
con mis padres y hermana a ritmo de los gloriosos himnos puretas de
Mocedades. Mi canción favorita de este singular combo era, sin duda,
«Tómame o déjame», compuesta por Juan Carlos Calderón López de Arroyabe
(ésto es un nombre y un apellido, joder, y no José Luis Rodriguez).

La letra, como la música, era realmente dramática, casi desgarradora, y la reproduzco enteramente para su disfrute:
«Tómame o déjame, pero no me pidas que te crea más
Cuando llegas tarde a casa no tienes porqué inventar
Pues tu ropa huele a leña de otro hogar.
Tómame o déjame, si no estoy despierta, déjame soñar
No me beses en la frente sabes que te oí llegar
Y tu beso sabe a culpabilidad.
Y me admiras porque callo y miro al cielo
Porque no me ves llorar.
Y te sientes cada día más pequeño
esquivando mi mirada en tu mirar
Tómame o déjame, ni te espío ni te quito libertad
Pero si dejas el nido, si me vas a abandonar
Hazlo antes de que empiece a clarear.
Y me admiras porque callo y miro al cielo
Porque no me ves llorar.
Y te sientes cada día más pequeño
esquivando mi mirada en tu mirar
Tómame o déjame, y si vuelves trae contigo la verdad
Trae erguida la mirada, trae contigo mi rival
Y si es mejor que yo, podré entonces llorar».

Eran principios de los años ochenta, la época de
Estrenos TV o de «Kramer contra Kramer» y yo pensaba que lo peor que me
podía pasar en la vida (muertes y enfermedades aparte) era que mis
padres se divorciaban. Ese terrible invento que salía en las películas
y que permitía a unos papás que se pelean separarse no me gustaba nada.
Y eso que mi padre, a veces, también
llegaba tarde a casa... y se montaba.
Yo imaginaba el horror de los cuernos, y no entendía nada. Por la
noche, rezaba a Dios para que, cuando fuera mayor, no me permitiera
poner cuernos ni tomar droga (si hubiera visto mi futuro, se me habría
puesto el pelo blanco). Pero, de momento, ahí estaba, en mi familia de
clase media burguesa, viajando en coche por las curvilíneas carreteras
galaicas.

Y de banda sonora original, Mocedades, con Amaya
Uranga, la oronda vocalista del grupo, bordando con su voz de oro unas
canciones de amor amargo que ella entonaba con cara de pena y ojos
vidriosos (tal vez por los invisibles pero evidentes cuernos de alce
que ella portaba).
Como ya he dicho, yo odiaba al grupo pero, poco a poco, como
víctima de una suerte de Síndrome de Estocolmo auditivo, me fueron
gustando más y más hasta que, al final, disfrutaba como el enano loco y
bajito que todavía era con aquellas canciones orientadas a mis mayores.

Aún a riesgo de que me llaméis hortera, reconozco que
casi me desmayaba de placer orejil con «Maitetxu mía» , otra letra de
amor y pena, esta vez interpretada al alimón con el gran Plácido
Domingo (un mostro que, años después, estuvo a punto de sustituir a
Álvarez del Manzano en la alcaldía madrileña). Ejem, la letra decía
así:
Buscando hacer fortuna
como emigrante
se fue a otras tierras,
y entre las mozas
una quedó llorando
por su querer.
Vuélvete al caserío
no llores más mujer
que dentro de unos años
muy rico he de volver,
y si me esperas
lo que tú quieras
de mi conseguirás.
Maitechu mía,
Maitechu mía.
Calla y no llores más.
Yo volveré a quererte
con toda el alma
Maitechu mía,
y volveré a cantar
zortxicos al pasar.
Y volveré a decirte
las mismas cosas
que te decía.
Por oro cruzo el mar
y debes esperar.
Luchó por el dinero
y al verse rico volvió a por ella
saltó a tierra él primero
porque soñaba con su querer.
Ya llego al caserío
voy a volverla a ver
no sale a recibirme,
¿qué es lo que pudo ser?
Murió llorando
y suspirando
¿mi amor en dónde estás?
Maitechu mía,
Maitechu mía.
Ya no he de verte más.
No volveré a quererte
con toda el alma
Maitechu mía,
ni volveré a cantar
zortxicos al pasar.
Ni volveré a decirte
las mismas cosas
que te decía.
El oro conseguí
pero el amor perdí.
Maitechu mía,
Maitechu mía.
Ya no he de verte más.

Ya véis que putada y que desgracia más grande, lo que
ocurre en esta historia de amor euskaldún. Yo me preguntaba ¿cuál será
el mensaje de esta triste historia? ¿Qué moraleja encerrará? Tal vez,
la avaricia de él y la impaciencia de ella rompieron el saco de su amor
fou. O tal vez él era de ETA o a ella la mató la ETA por cipaya o... No
sabía.
Además, como no había internet, no podía buscar la letra en
internet como acabo de hacer y, claro, donde Mocedades decían Digo yo
oía Diego jajaja. Años después, un donostiarra medio abertzale me contó
su opinión: por lo visto, en las herriko tabernas se decía que
Mocedades era un grupo encumbrado por el gobierno del ciclotímico
Adolfo Suárez para amansar a la loca juventud vasca.

A mí, sin embargo, aunque tengo en cuenta que Amaya
& co. no eran exactamente rojos (escúchense temas como «La otra
España»), esa teoría me suena a chino, porque Mocedades también
cantaron alguna canción en euskera y, además, la conspiranoia todavía
no estaba tan desarrollada en aquellos tiempos como ahora.
Otro de los himnos de mi infancia fue «Has perdido tu tren», una
canción compuesta por el genial Luis Gómez Escolar (supercompositor de
la época que también curró para los hijos de Rocío Durcal y Junior
--Antonio y Carmen-- o para el ídolo de adolescentes Pedro Marín).

Qué glorioso estribillo:
Quién te ha dicho que yo
voy a volar detrás de tus lágrimas
quién te ha dicho que un día voy a volver
Quién te ha dicho que yo
no sé cerrar nuestra última página
me has dejado escapar, has perdido tu tren.
Una letra atemporal que hoy podrían cantar, por ejemplo, La Buena
vida (también vascos) o Los Planetas, engalanada por una música viva y
poderosa, que atravesaba mi alma infantil como una polla de frío acero
pederasta y me dejaba una extraña sensación de profunda melancolía.

Al traspasar la veintena, para bien o para mal, cambié,
mi alma se hizo más dura y fría, mi gusto musical se refinó y ya no
pude disfrutar como antes de esas canciones sin analizarlas, sin ver la
sensiblería de letras como «Sólo era un niño» o la impresentable pinta
que lucían todos los miembros del grupo (aunque, la verdad, La Buena
Vida no visten mucho mejor); eso sí: siempre he reconociendo el inmenso
valor de «Tómame o déjame», «Secretaria» o «Le llamaban loca».
Enterré junto a mi inocencia las canciones de Mocedades el día que
descubrí a Vainica Doble (aquellas de «Con las manos en la masa»), un
dúo femenino que, a primera escucha, podía parecerse a Mocedades pero
que, en el fondo, resultaba mucho más profundo, más anómalo, más cruel,
menos aburguesado.
Hoy, sin embargo, puedo disfrutar indistintamente de ambos combos:
sí, las Vainicas resultan más cool, pero Mocedades eran menos progres.

A medio camino entre ambos, los a mi juicio intragables
Sergio y Estíbaliz, una escisión sociata y albanoyrominesca de
Mocedades que, curiosamente, haría una versión de «Un higo chumbo y una
aceituna», aquella surrealista canción de Vainica Doble.
Lo que sí que no trago son posteriores reencarnaciones mocedadianas
como el Consorcio, porque no me gustan los grupos de muertos vivientes
(aunque, sin duda, los prefiero a ellos que a los putos Rolling, que
están más flacos pero también más arrugados y parecen uvas pasas).
Yo, si Torbe me pusieran una pistola en la cabeza para que
eligiera entre asistir a un recital de Mocedades o a un live de los
Stones, me iría al de Mocedades, a corear esos éxitos que amenizaron mi
infancia, a cantar cosas tan potitas como:
«Las palabras son tan vanas
cuando no se dicen con el corazón.
De la nada se disparan.
Pero si no tienen alma
aunque brillen como el sol
que se vayan con el último adiós».
Si son sinceras, escríbanme sus palabras a
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