Por Dildo de Congost

 

?La circuncisión debería ser obligatoria, como en el caso de la religión judía; y no sólo por cuestiones higiénicas, sino porque es buena para la estética del pene. Valeriano López Alfajor, psiquiatra y cirujano plástico.

 

 

Claro, Valeriano, claro que sí, estoy de acuerdo: debería ser obligatoria, pero en un mundo perfecto también debería haber buenos profesionales del bisturí y una medicina avanzada que no exigiera pasar un via crucis incluso para quitarse una pellejo del falo.

 

La medicina está en pelotas porque a alguien le interesa que esté así: los inventos médicos se censuran o se suprimen para mantenernos a raya, meternos miedo con enfermedades increíbles y que tengamos que guardar un reposo de dos meses hasta por un simple caso de fimosis.

 

 

Los médicos son todos unos cabrones. Y House es el mejor de los ejemplos. Pero empecemos por el principio.

 

La fimosis es un trastorno de la piel de la polla, que consiste en que el orificio del prepucio es demasiado estrecho, cosa que impide que el glande quede al descubierto y provoca tirantez y dolores durante el coito y serias dificultades higiénicas.

 

 

Esta situación es normal en los bebés, y si se arregla pronto (con un tirón, una pajilla o un bisturí) no pasa nada.

 

Pero si el chaval va creciendo (y con él su miembro) y el agujero se va cerrando cada vez más, ¿qué tenemos? Un bigardo de catorce años que no puede pajearse a gusto (cuando esa es la Edad de la Paja) porque tiene una pielecita ahí jodiendo la marrana (nunca mejor dicho).

 

 

Y, en el remoto caso que este chico tuviera la posibilidad de follar, tampoco podría, pues el dolor y la sangre impedirían una buena penetración.

 

Este era, ni más ni menos, mi caso: un pajero adolescente que estaba habituado a hacerse entre dos y cinco gallardas diarias al cual un buen día, el padre boticario del colegio (que era mondrigas), en la revisión médica (mientras se recreaba en la visión de un falo teenager) le dijo (con voz engolada y sarasona), estas frases terribles: ?Tiene usted fimosis y debe operarse el pito ipso facto porque si no el día de mañana no podrá tener hijos.

 

 

Tome, entréguele esta notita a sus padres y devuélvamela firmada.

 

El pajero duda si entregar o no entregar la notita a sus padres, pues ha oído comentar a unos compañeros de clase lo terrible que puede ser la operación de fimosis: ?Sí, tío, me tuve que pasar nosécuántos meses con la polla ensangrentada y sin poder hacerme pajas, ya ves que putada, le oyó decir a Jaimito Gutierrez.

 

 

Pero luego está el miedo, el no poder follar de mayor? o incluso ahora, si surge, con alguna niña del colegio de monjas de las esquina.

 

Total, que entregué la notita a mis padres y, un mes más tarde, estaba entrando en el quirófano.

 

 

?Venga, machote, no tengas miedo que esto no te va a doler nada, me dijo el médico al ver mi cara de absoluto acojone.

 

La anestesia que me pusieron era local y fue el primer mazazo: cinco señores pinchazos en la punta de la polla.

 

Con los tres primeros vi las estrellas, sintiendo un dolor inmenso, indescriptible; los dos últimos no los noté, porque tenía ya el rabo dormido de los anteriores.

 

Después, todo fue muy rápido, aunque francamente terrible: han pasado casi veinte años y lo recuerdo como si fuera ayer, en terroríficos flashes: un médico y dos enfermeras hurgando en mi entrepierna y yo sin notar dolor pero sí, a veces, como una tirantez fláccida y dantesca.

 

Una de las enfermeras sacando un pellejo ensangrentado con unas pinzas y tirándolo a una especie de orinal plateado.

 

 

El doctor pidiendo ?sutura mientras la enfermera le pasaba un carrete de hilo, una aguja y un dedal.

 

Los tres sádicos cosiéndome la polla. Y, al final, sonrisas, chistes, gracias que te suenan macabras como chistes verdes contados sobre una tumba.

 

?Chaval, ya estás, ¿a que no ha sido nada? ?Bueno, ahora tienes que estar una temporada, ya me entiendes, sin tocarte ahí. ?Jejeje, ya eres un hombre.

 

 

Y, después del hospital, llegar a casa, sostenido por parte de mi familia, y el pasar de las horas, tumbado y, poco a poco, ir recuperando la sensibilidad? y catando EL DOLOR, un dolor como de muelas pero más puto y cerdo y en la entrepierna.

 

Un dolor de polla sangrante y despellejada y cosida a agujazos. Para que el lector se haga una pequeña idea de lo que era ese dolor, diré que tenía que dormir con un hilo aguantando las sábanas por la zona de la polla, porque no soportaba ni el peso de las sábanas.

 

 

Por supuesto, tomaba analgésicos, pero mear era un auténtico calvario. Mear una mezcla de sangre y pis con una picha cosida y llena de pinchazos no es un camino de rosas.

 

Es algo triste, doloroso y vergonzoso, sobre todo si te caen gotas de pis ácido en la zona cosida. Aaaaaaaaaargh, lo recuero y aún me duele.

 

Por el colegio andaba renqueando, con la polla vendada que me hacía más paquete y soportando alguna que otra chufla de mis compañeros. Por supuesto, no tenía que ir a clase de gimnasia (algo bueno tenía que tener todo esto). Pero no hay mal que cien años dure.

 

 

La herida fue cicatrizando poco a poco. Y entonces, un par de semanas después, empecé a sentirme algo mejor, acostumbrándome a la rutina de curas genitales y castas lecturas.

 

Como era muy fan del género de terror, sólo leía a Lovecraft, a Poe, a Ramsey Campbell y a Stephen King, y tenía bajo llave mi colección de Víboras, porque, tras catorce días sin onanismo, tenía los huevos hinchados y la sensibilidad a flor de piel.

 

 

Me bastaba con ver a una tía más o menos potable VESTIDA en la tele y la polla se me empezaba a endurecer, y aaaaaargh, veía las estrellas y tenía que coger una bolsa de hielo y aplicármela en los testículos para abortar la erección.

 

Por eso, leer terror era lo mejor, en una época en la que se me ponía morcillona incluso con las chicas de la Patrulla X.

 

 

A veces, cuando me quedaba frito, tenía sueños húmedos y me despertaba con la polla tiesa y ensangrentada, y tenía que arrastrarme hasta la cocina a por más hielo.

 

El calvario duró dos meses. Tras este espacio de tiempo, los puntos se fueron cayendo (cosa que tampoco era muy agradable, pero al menos indicaba que la cosa iba tirando), y las heridas fueron cicatrizando.

 

 

Fue entonces cuando llegó el sagrado día de volver masturbarme. Decir que me subía por las paredes ganas de onanizarme se quedaría corto para describir el ansia que me invadía de vaciar los huevos de su pesada carga, una carga que había acumulado a lo largo de dos meses interminables.

 

Vamos, que en esos momentos, me ponían cachondo hasta los monstruos reptantes de Lovecraft o los muertos vivientes de Stephen King.

 

 

Con mucha cautela, comencé a manipular mi glande con los dedos ensalivados. Lo primero que noté fue como si me pusieran en él una pila cargada: una especie de mezcla entre dolor y descarga eléctrica medio placentera: el glande o fresón, que había estado oculto tantos años, ahora era hipersensible al contacto físico.

 

Cogí una revista, la primera que tenía a mano, un ?Pronto creo que era, y miré a la tía que había en portada (¿Mari Cruz Soriano? ¿Carolina de Mónaco? Mi memoria flaquea?) Mis cuerpos cavernosos se llenaron, sentí la excitación crecer y mi polla con ella.

 

Acariciaba suavemente mi rabo mirando a aquella portada y, en aquel momento, todo desapareció, sólo existíamos mi polla y la revista.

 

 

Así estuve un buen rato, disfrutando de las nuevas sensaciones que me daba mi glande, volviendo a las andadas onanistas con unas putas fotos que, en otras circunstancias, me habrían dejado frío como el hielo que antes me ponía en la polla.

 

Y, de pronto, casi a traición, un chorro abundante como un grifo de manguera salió de mi glande, impactando contra la portada de la revista.

 

?Uf, he vuelto a nacer, me dije. Volvía a ser yo mismo, había recuperado mi personalidad. Y tenía polla nueva. A partir de entonces, recuperamos poco a poco nuestra entrañable amistad, ella y yo, pero tardé casi un año entero en domarla por completo.

 

Se ponía dura cuando le daba la gana, en mitad de una clase, por ejemplo, o en gimnasia, por el roce del pantalón de deporte.

 

 

Era hipersensible. Hoy, a Dios gracias, mi cebolleta está insensibilizanda y encallecienda de tanto usarla y rozarla contra chochos y calzoncillos, pero aún recuerdo a veces aquel dolor, aquella angustia, aquella horrible operación: hay cosas por las que nunca sentiré nostalgia.

 

Es mentira, eso que dicen algunos de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

 

Porque la adolescencia es un espacio claustrofóbico y desolador. Sin duda, puedo asegurar que aquí y ahora soy más feliz que nunca.

 

Moraleja: No dejéis que vuestros hijos crezcan con fimosis: mejor bajadles el pellejo desde bebés y luego enseñarles a pajearse, porque sino pueden acabar atravesando el mismo calvario que yo. A mí me lo fueron dejando? y ya véis lo que pasó.

 

Así que, mujeres del mundo, masturbad a vuestros hijos o regaladle suscripciones a Putalocura para que ellos mismos lo hagan. Porque, como dice el refrán, el arbolito hay que enderezarlo desde chiquitito.

 

Terminamos con una canción, una oda a la circuncisión berreada por Siniestro Total: ?Opera tu fimosis.

 

Un auténtico clásico del punk urológico que dice así:

 

?Estás solo en casa y tienes un problema /

y no sabes como decírselo a Almudena /

piensas que se trata de algo muy sucio /

pero sólo tienes que cortar tu prepucio /

ven a mi clínica de piel y venéreas de una vez /

Sí, sí: opera tu fimosis /

No lo pienses más /

por favor decídete ya /

sabes que no te dolerá: /

opera tu fimosis /

Cuando naciste tu padre fue un cabrón /

por no haberte hecho la circuncisión /

y te emborrachas bebiendo mucho anís /

estas pensando en hacerte travestí /

no desvaríes y confía en mi habilidad /

Sí, sí: opera tu fimosis /

No lo pienses más /

por favor decídete ya /

sabes que no te dolerá: /

opera tu fimosis /

Sí, sí: opera tu fimosis