-->
Por Dildo de Congost
http://blogs.putalocura.com/dildo/
?Facilitando hacia el burdel el paso, cerrarás las alcobas conyugales y las más de purezas virginales.
Moratín.

La historia de la prostitución es vieja como el tiempo y oscura como la noche. Estamos hablando no del más pero sí de uno de los oficios más antiguos del mundo (después de la ganadería, la pesca y la agricultura, entre otros) y, por eso, desde tiempo inmemorial, hay intercambio de sexo por dinero, comida u otros bienes. El cambalache de mamadas por trabajo o favores, que ciertas jóvenes realizan, también podría considerarse como una forma de prostitución. Y el trabajo asalariado en sí mismo.

Hoy por hoy, de alguna manera, todos los seres humanos somos putas. Y buena parte de los animales. Algunas especies de ping?cambian sexo por piedras para hacer el nido y cierta raza de chimpancés enanos dan sexo a cambio de comida. Los animalitos domésticos dan cariño y coba a sus dueños a cambio de techo y papeo? y así hasta el infinito y más allá. La pulsión amorosa, con o sin sexo, es moneda de uso corriente y moliente, nos guste o no.

En el hombre, empezó a haber prostitución cuando la violación estuvo mal vista. Al principio, como la mayoría de los animales, los hombres fornicaban con la primera hembra que se atravesara en su camino: la follaban, se corrían y si te he visto no me acuerdo. Si ella se dejaba, pues bien, sino se la forzaba y aquí empezó la darwiniana ley del más fuerte: los machos más potentes y cachas eran los que más follaban (como hoy follan más los más ricos y poderosos). Y las hembras apechugaban con la consecuencia: un bombo del que, a los nueve meses, saldría una chillona y arrugada criatura. Por eso, las primeras familias de la Humanidad eran matricéntricas, es decir, que estaban compuestas sólo por madre e hijos.

Pero con la evolución, se jodió el invento: apareció un comportamiento nuevo que ningún primate tuvo jamás: los adultos varones empezaron a vincularse a una mujer y a preocuparse por los hijos. Un acto ?contra natura que tenía un objetivo: domar a la mujer y quitarle su poder sobre la prole en particular y sobre la vida en general. ¿O era la mujer la que quería domesticar al hombre para que le trajera comida? Da igual. El caso es que la fuerza mágica y la energía que albergaban las mujeres en aquellos tiempos eran increíbles, así que el hombre tuvo que luchar como un jabato hasta dominarla y ser el ?cabeza de familia. Como consecuencia de este cambiazo, del matriarcado al patriarcado, nacieron las leyes de posesión sobre las mujeres y, acto seguido, la prostitución.

La mujer ?parienta tenía una función procreadora, era la madre de los hijos y había que respetarla (y además, por estos y otros motivos, o estaba ?inutilizada para la coyunda o no daba morbo) así que el hombre se veía obligado recurrir a otras hembras para conseguir placer. Pero ocurría que la mayoría de las otras mujeres también tenían dueño. Y aquí entraban las putas: mujeres sin marido, balas perdidas que vendían su conejo para poder subsistir. Mujeres erradas, carne concejil, rameras, niñas de agarre, sirenas de respigón, mujeres de la vida, barraganas. Ellas eran las verdaderas amantes de los hombres: con ellas se bebía, se reía y se jodía como Dios manda? y luego se volvía a casa para dormir la mona abrazado a la santa esposa oliendo aún a vinazo y a mujerzuela.

Pero centremos nuestra historia en esta cosa que llaman ?piel de toro extendida. No podemos decir cuándo nació la prostitución en España porque no lo sabemos, pero sí cuándo empezó a regularse. Aunque estamos casi seguros de que el prehistórico homo de Atapuerca no tenía putas (le bastaba con darle con la cachiporra a la primera cavernícola buenorra que pasara) sabemos que ciudades como Cádiz o Madrid ya eran famosas por sus putas desde los tiempos del Imperio Romano. Y la cosa fue creciendo y creciendo hasta que, ya en el siglo XIV, las putas se les habían ido de las manos a los gobernantes españoles (en aquel momento ya había caído el Imperio y tocaban reyes): Alfonso XI intentó en vano controlar la proliferación de meretrices con un Ordenamiento en 1337, aunque la primera ley contra la prostitución data de 1704.

Desde entonces hasta ahora se ha intentado poner cotas al ejercicio de la prostitución. Ya se sabe que lo que más se prohíbe es lo que más se hace. Y el sexo se hace por imperativo biológico y porque (qué demonios) es muy divertido. Por eso el poder ha intentado siempre acotarlo, ponerle trabas, ordenarlo o hiperfomentarlo. De una forma u otra, es usarlo como instrumento de control de las personas humanas. Lo que, de ninguna manera, se podía permitir era que el mundo se convirtiera en un sindiós en el que los ciudadanos se lo pasaran de puta madre (nunca mejor dicho) sin pagar un duro y, encima, no trabajara ni hiciera caso de los que mandaban por estar entretenidos.

Desde el siglo XIII, la prostitución estaba considerada como un mal menor, como un pecado necesario para que los hombres se desahogaran y no cayeran en pecados que (por aquel entonces) se consideraban más graves, como el incesto, la homosexualidad, el adulterio o la seducción de vírgenes.

Así los chochos, digo las cosas, las jovencitas de familias pobres viajaban desde sus pueblos gallegos, vascos o asturianos hasta la ancha Castilla para vender sus ?flores al mejor postor. A mediados del siglo XVIII había en Madrid la friolera de 700 burdeles censados y en una ciudad relativamente pequeña como Córdoba, nos encontrábamos con cerca de 400 putas reconocidas como tales. Pero aunque España pudiera parecer un país putero, lo cierto es que estaba muy reprimido, y no había tantas profesionales del amor como en otras capitales europeas, como Londres (donde una de cada 14 mujeres era ramera) o París (una zorra por cada 16 ?castas). Casi nada? En las Españas, los puteros eran hombres de todas las clases y pelajes, desde pobres diablos que robaban para follar a una puta vieja en el puerto hasta ricos herederos que dilapidaban su fortuna con zorras de lujo, pasando por numerosos extranjeros de ciudades como Génova que (casados o solteros) se afincaban en ciudades como Sevilla o Madrid para gozar de sus putas. Ya lo decía un requerimiento real de 1515:
??que en esa ciudad hay munchos ginobeses e otras personas extranjeras que son casados e que tienen casas pobladas con mancebas e hazen vida en uno?

Gracias a la literatura de la época, sabemos más cosas sobre putas que por los libros históricos o religiosos. En los escritos de Moratín, sin ir más lejos, se habla de mujeres sifilíticas (?galicadas, como dice él), de lo baratas que eran las putas por aquel entonces o de lo poco que se usaban los (arcaicos y gruesos) condones.

El escritor y putero gabacho Teófilo Gautier, cantó las alabanzas de las putas vascas y Dumas o Byron hicieron lo propio con las lozanas andaluzas. Y es que ciudades como Málaga o Sevilla eran verdaderos lupanares, donde abundaban las mancebías (lugares donde se concentraban aquellas que Alfonso X definió como ?mujeres que están en la putería e se dan a todos cuantos a ellas vienen) pero también las ?mujeres enamoradaso ?servidas que eran chicas de lujo que se vendían a un solo hombre mientras éste pudiera pagarles sus gastos, su alojamiento y sus caprichos (lo que hoy se llamaría ?mantenida o ?querida). Y en el escalafón más bajo estaban las ?cantoneras, que eran busconas de callejón y esquina que iban a casa del cliente para trabajar porque no tenían donde caerse muertas. Como podrán apreciar los lectores más agudos, la cosa no ha cambiado mucho.
CONTINUARÁ...
Abandona esta web si eres menor de edad : Web de contenido adulto (siguiendo la normativa especificada en la ICRA)
Aviso Legal : Contacto : Putalocura.com - Sexo Amateur, Porno Gratis © 2008 Madrid - Spain