Me pillaron robando en un centro comercial
Torbellino y yo compartimos el gusto por este noble pasatiempo que es el shoplifting. Con una diferencia: él no le tiene miedo al ridículo y yo sí.
Nada sucede por casualidad. Cuando por fin me decido a relatar mi experiencia hurtando en un conocido centro comercial de la capital de España, pongo la caja tonta y están echando por Telemadrid una pinícula de Winona Rider, una actriz que, como todos sabréis, ha sido acusada de robo y vandalismo por llevarse 6.000 dólares en objetos mangados en una tienda de lujo de Beverly Hills.

En este momento, miro de reojo cómo un nadador cachas morrea la carita de Winona, pero lo cortan cuando se desnuda y siguen con la monserga senil de las viejas fumetas con las que vive Winona en la peli. "La monogamia es un estado antinatural", dice la chica, que suele interpretar papeles de niñata rebelde y un poco contestataria, pero no exenta de moral judeocristiana que se plasma en un sonrojante sentimiento de culpa cuando hace guarreridas.
Siempre escribo con la tele puesta, por la sencilla razón de que escribir es un rollo (pero un rollo que necesito para exorcizar mis fantasmas) y así me entretengo y hago algo útil (ver TV) mientras junto letras. Esto viene de cuando era pequeño: sólo podía hacer los deberes con la tele puesta. Por eso era tan lento haciendo los deberes y por eso soy tan lento escribiendo.
Bueno, let it be, que contagiado por la demencia senil de las abuelas de Winona me estoy perdiendo en lembranzas (que quiere decir "recuerdos" en gallego, mi lengua natal) y no os estoy contando lo que os quiero contar. (Joder, qué guapa está Winona cuando llora porque ha engañado al novio con otro).

En fin, ¡al granoooo!. Winona no ha ido al talego porque es famosa y si tiene buenos leguleyos, aunque si fuera una negra del Bronx seguro que ya estaría entre rejas comiendo coños de carceleras.
Señores y señoras, tengo más influencia sobre vuestros hijos que vosotros, así que les voy a enseñar la existencia de un nuevo deporte para que estén sanos física y espiritualmente: el shoplifting, o el arte de hurtar en tiendas pijas o grandes superficies.
Choriceo de guante blanco.
Torbellino y yo compartimos el gusto por este noble pasatiempo que es el shoplifting. Con una diferencia: él no le tiene miedo al ridículo (ni por consiguiente, a que lo pillen) y yo sí.
Así que siempre extremo las precauciones de cara a que no me coloquen y no llevarme un sofocón. Porque, para qué engañarnos: en otros países se puede desencadenar una drama de proporciones griegas si te atrapan robando, aunque sean cosas de poco valor.

Pero en las Españas la cosa es distinta, como os contaré más adelante. Pero, ¿por qué robar cuando tienen uno dinero en el bolsillo y puede comprar lo que quiera? Pues por romper la monotonía (a veces pesan demasiado la rutina, el trabajo y la vida en la ciudad), por pasar el tiempo, por diversión o por negarte a pagar precios desorbitados por determinados productos.
Mi caso es una perversión: no soy un ladronzuelo nato. De pequeño, siempre me pareció inconcebible robar, porque tenía de todo y no era consciente del valor de las cosas.
Muchos de mis compañeros de colegio practicaban shoplifting en el recreo y a mí, aunque no me parecía ni bien ni mal (siempre he sido profundamente amoral, que no Amaral) sí pensaba que era absurdo que te pillaran y te llevaran a ver al Jefe de Estudios y dieran parte a tus padres por llevarse un par de libretas o un Airgam Boy que podías conseguir pidiéndole dinero a tu familia. Pero estaba muy extendido aquello de mangar en los ratos libres: de hecho al supermercado "Simago", que estaba centro de nuestro cole, los más manguis le llamaban "Simango".

Hoy, para mi el acto de robar es un juego (sucio, pero juego al fin y al cabo) que me saca por unas horas de la alienación.
Podríamos compararlo con el acto de entrarle a tías (por deporte, no por amor): se siente algo parecido al rondar un objeto que al observar a una tía antes de entrarle; cuando se coge el objeto es como cuando se toca a la tía por vez primera y se le dan dos besos y se empieza a hablar con ella y, finalmente, cuando uno pasa la barrera magnética de protección vigilada por los seguritas siente un subidón muy parecido al del primer beso en los labios.
Si la alarma no pita y sales del centro comercial, pues la euforia es muy similar a la de que la tía "trague" y se enrrolle contigo, pero si (por el contrario) la alarma pita, es como si ella te dijera "¡Tío!, ¿estás loco? ¿pero qué haces? Vete a la mierda" y te da un bajón disparatado.
¿A que es romántico? Al fin y al cabo, si el shopping es un sustituto del sexo y la adicción al dulce un sustituto del amor, pues el shoplifting sería un equivalente a la violación. Yo me entrego al hurto menor para sentirme vivo y salir de esa alienación de diseño y pijerío en la que estoy metido por cuestiones de destino y trabajo. Ser cool es taaaan aburrido.

¿Y qué cosas robo? Pues mayormente objetos útiles cuyo precio me parece un veradero atraco a mano armada, como cuchillas de afeitar Match3 para alimentar mi maquinilla o compact discs (libros, revistas y demás puedo conseguirla gratis gracias a mi trabajo, así que paso).
Otra cosa que robaría son casas, porque los alquileres me parecen desquiciados, pero lo cierto es que son demasiado grandes para meterlas en el bolsillo o en mi cartera Puma (que no es robada porque su precio no me parecía desorbitado) y, además, no tengo alma de okupa.
Y también robaría cubatas, cuyo precio es prohibitivo, pero lo que hago es no tomarlos o si los tomo intentar escaquearme sin pagarlos (lo que se dice un "simpa" como la copa de un pino de grande) o consumiciones en cafeterías, que también están por las nubes. Recuerdo el simpa más monumental que hicimos cuatro freaks, yéndonos sin abonar cuatro con su-miciones valoradas en unos 50 euros, en una céntrica cafetería madrileña. Lo más curioso es que un mes después volví al lugar del "crimen" y nadie me dijo nada.

How much is it?
Cuando salgo de España ya es el acabose, porque mis tentaciones de sustraer cosas o irme sin pagar se multiplican y la persona que me acompaña se vuelve loca de pavor por vernos metidos en un incidente diplomático: en un reciente viaje a Tokio me sorprendió lo fácil que era (o parecía ser) robar.
Sin embargo, me corté porque desconozco las leyes niponas y no quería verme en una situación parecida al del protagonista de "El expreso de medianoche" o que me cortaran la mano de las gayolas. Además, respeto demasiado a (todos) los japoneses como para traicionar su confianza de esa manera. (Bueno, miento: cogí sin permiso un póster de mi personaje favorito de manga, Black Jack, pero no se puede considerar ni un hurto, porque no estaba a la venta y además el riesgo que corrí fue tremendo, porque lo arranqué de cuajo de la pared ante la vidriosa mirada de una cámara, en el segundo descansillo de Mandarake, una de las cadenas de tiendas de manga más grandes de Tokio).
Pero en otros países que he visitado que me resultan menos interesantes sí que me he llenado los bolsillos a la mínima ocasión.
No robarás al vecino del quinto.
Vaya, en la tele Winona está realmente arrepentida: a punto de volver a engañar a su novio, pero al final pasa de todo y termina volviendo con el chico de la pinícula y casándose con él.
Vaya mierda, pero dice algo realmente interesante por lo antiburgués: tienes que dejarte guiar por el instinto y ser valiente. Ella lo dice de las cosas esas del amor, pero también puede aplicarse al arte del shoplifting.
Para practicarlo, hay que ser un kamikaze. Hay que asumir siempre las responsabilidades y tener en cuenta que te pueden pillar en cualquier momento, pero en el instante de mangar, uno debe tener la sangre fría y la mente clara y hacer las cosas sin miedo, a la desesperada.

Como yo soy como un moderno Robin Hood, paso de robar en tiendas pequeñas: nada peor que quitarle productos a esa pobre china que trabaja para la mafia en el todo a 100 de la esquina o a ese pequeño propietario de tienda de tebeos que paga más impuestos que Pedro Ruiz.
Hay que robar en grandes centros comerciales, porque allí inflan los precios, especulan, joden a las tiendas cercanas y son, ellos mismos, unos criminales. Con lo cual: quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón. Cuando ya se tenga la conciencia judaica tranquila con este sutil autoengaño, se puede proceder con el mayor de los sigilos.
Hay que ir bien vestido, pero sin estridencias, normalito: como un consumidor con pasta. Si alguien se quiere dedicar a esto en plan serio y hacer un verdadero estilo de vida de ello, incluso podría irse a una tienda pija como Burberry?s y comprarse ropa ad hoc para pasar desapercibido en sitios de postín como el Arturo Soria Plaza o El Corte Inglés de Goya o las tiendas de Claudio Coello.

Y actuar siempre con la naturalidad de un ciudadano modélico, bajo la careta de un demócrata que pasa una tranquila tarde de sensatas compras en su centro comercial favorito, armado con la Visa Oro.
Hay que moverse, pero no mucho, sin nervios, sin llamar la atención (el peor error sería tirar algo, como una torre de latas o de CDs. después de eso, mejor irse a casa y esperar que se olviden de tu enrojecida jeta). Pero si todo va bien, tras un rato de merodeos y actitudes de comprador altivo y activo, se selecciona un objeto y se analiza.
No, no quiero decir que haya que meter el objeto en el culo, sino que se mire y se inspeccione con disimulo hasta que se descubra la varilla metálica, la pegatina o lo que sea el artilugio que hace que la cosa que pretendemos afanar pite al pasar por las barras. Se quita mientras se simula mirar otra cosa o a una muchacha, en una zona que veamos a salvo de la indiscreta mirada de las cámaras.

Y ya por fin, una vez que estemos seguros que la cosa no va a pitar, la metemos en la bolsa, el bolsillo o donde sea. Otra opción es salir descaradamente con el oscuro objeto de deseo en la mano.
Cuando lo robado es un libro es más fácil. Primero, porque nadie (y menos un guardia de seguridad) espera ni concibe que alguien se juegue el tipo y las verg? por una cosa de leer.
Y segundo porque, con escribir tu nombre en la primera página, aseguras el bochorno del guardia jurado que se pase de listo, aunque pite. Por supuesto, cuando digo "libro" me refiero a una novela, ensayo o volumen de poesía de bolsillo o tamaño normal. Robar libros de Taschen o Scalo, de esos de más de 100 euros, es mucho más difícil.
Tampoco es sencillo llevarse por la jeta libracos, tebeos o revistas porno, pues su zona suele estar más vigilada, ya que los seguritas son muy aficionados a ellas. Todavía recuerdo cuando en un VIPS pitó mi bolsa y el guardia jurado procedió a registrarla para encontrarla repleta de revistas porno (y no compradas precisamente allí, que sólo tienen el "Playboy", sino en la Librería Sexológica. Su enrojecido rostro parecía decir "¡tierra trágame!".